Hoy celebramos la Solemnidad del Bautismo del Señor y con Él, celebramos también nuestro propio Bautismo. Como Jesús, somos hijos e hijas muy amados(a) y como Jesús hemos sido ungidos con el Espíritu Santo, para llevar adelante la misión que como cristianos se nos encomienda.

Dice el profeta Isaías en la primera lectura de hoy refiriéndose a Jesús: Miren a mi Siervo, a quien sostengo; mi elegido, en quien me complazco. He puesto mi espíritu sobre él […] y con esa fuerza manifestará la justicia con verdad. No vacilará ni se quebrará, hasta implantar la justicia en el país. Será luz de las naciones, abrirá los ojos de los ciegos, sacará a los cautivos de la cárcel, de la prisión a los que habitan en tinieblas» (Cf.  Isaías 42,1-4.6-7).

Dios pide mucho, es cierto, pero también provee. Nos pide vivir el estilo del Evangelio, nos pide continuar la misión de Jesús. y todos sabemos que eso no es fácil en el mundo de hoy. Hay lugares donde se pone en riesgo la vida por el sólo hecho de ser cristianos, donde nuestros hermanos y hermanas saben que el reunirse para celebrar la fe puede ser la última cosa que hagan en sus vidas… y sin embargo van, se reúnen, celebran y se alimentan de la Palabra y la Eucaristía, para luego seguir viviendo su fe en la clandestinidad.

Hay otros espacios, donde no se pone en riesgo la vida, pero sí la hondura y fortaleza de nuestra fe. Son esos espacios, lugares y circunstancias en que el sólo pronunciar el nombre de Jesús y su Evangelio es causa de burlas, de risitas irónicas, de rechazo, de ridiculización… Y allí seguimos, declarándonos seguidores de Cristo, trabajando por el Evangelio, sirviendo desde la Iglesia Católica… a pesar de todo el pecado y fragilidad institucional. Y continuamos esforzándonos por hacer el bien, por dar a conocer a Cristo, por servir a nuestros hermanos más necesitados, por vivir la justicia, por seguir los pasos de Cristo, venciendo miedos y temores, superando el amor propio herido, la vergüenza y las ganas de tirar la toalla… A pesar de todo eso… allí seguimos.

¿Estamos locos? ¿Somos masoquistas?  ¡No! Ni estamos locos ni somos masoquistas. Lo que pasa es que nos sabemos amados por Dios y nos experimentamos fortalecidos y sostenidos por la fuerza del Espíritu Santo y de la comunidad eclesial fiel y leal al Evangelio.

En algún momento de nuestras vidas escuchamos en lo profundo de nuestro lo que Dios le dice hoy a Jesús (Cf Lucas 3,15-16.21-22) «Tú eres mi Hijo, el amado; en ti me complazco» … Tú eres mi hija, el amado; en ti me complazco… Y lo hemos creído…  Y hemos recibido la fuerza del Espíritu y la hemos dejado habitar y desplegar sus alas en nosotros.

Que el celebrar esta solemnidad sea ocasión para renovar nuestra disponibilidad a los planes de Dios en nuestras vidas y de fortalecer nuestro compromiso de justicia y liberación.

Contamos con el Amor del Padre y hemos sido bautizados «con Espíritu Santo y fuego». No hay nada que temer … y mucho por construir.

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