Dice Jesús en el  Evangelio de hoy (Lucas 12,49-53) “Yo he venido a traer fuego sobre la tierra, ¡y cómo desearía que ya estuviera ardiendo!

Traer fuego, traer división…dos cosas que parecen tan alejadas de su estilo, de su plan de amor. Pero no es el fuego y la división que nosotros hacemos sino el fuego de perdonar setenta veces siete,  de poner la otra mejilla cuando te han golpeado una,  de ser feliz cuando lloras, de dar el manto cuando ya te han quitado la túnica…… Este es el fuego con que Cristo quiere que arda la tierra, un fuego que cuestiona,  que rompe esquemas, que te aparta del montón, un fuego que genera vida, fraternidad,  comunión. Y no se trata de ser los  y las especiales, los buenos, los salvados, se trata más bien de asumir con decisión y valentía las consecuencias de creer en Cristo, de seguirlo, amarlo y servirlo, a Él y su Evangelio, consecuencias que muchas veces comienzan en nuestra propia familia,  nuestra comunidad, nuestros ambientes cotidianos, porque nadie es profeta en su tierra. Te dirán “eres tonto, no seas exagerada, no te dejes…”  pero hay que mantenerse y asumir que  al seguir a Cristo con radicalidad sí o sí seremos separados del grupo, nadaremos contra corriente y andaremos por otros caminos, asumir que si somos fieles se hará realidad lo que nos ha dicho  “Si ustedes fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya. Pero como no son del mundo, sino que yo los elegí y los saqué de él, él mundo los odia”.

Hoy por hoy, la corriente, los valores, los modos, las metas, las prioridades del mundo no está precisamente centradas en Cristo y el Evangelio, no al menos lo que vamos descubriendo en las modas, los medios de comunicación,  las leyes de  diversos países, la política,  las ambiciones y fundamentalismos que van trayendo guerras  y destrucción.

Allí, precisamente allí, es donde quiere Cristo llevar el fuego del evangelio, allí quiere que ardan el amor y la fraternidad,   y somos nosotros los que hemos de llevarlo ¿Cómo no esperar fuego si  en medio del negocio de las guerras  buscamos la paz, si donde hay mentira ponemos verdad, si donde hay ambiciones vivimos con sencillez, si donde hay rencor animamos al perdón? ¿Cómo no esperar que nos separen, si donde hay pereza y comodidad vivimos y animamos al servicio y la acción, si donde hay indiferencia llamamos al compromiso? No nos irá mejor que a Jeremías (Jeremías 38,4-6.8-10) quien sufrió duras consecuencias por cumplir la misión que el Señor le había encomendado.

No es fácil ser rechazado, maginado,  incomprendido,  ridiculizado; sin embargo, nuestra fortaleza es saber que Dios es fiel, que Él está con nosotros, sosteniéndonos y animándonos, encendiendo en nuestro corazón un fuego ardiente, un amor ardiente,  que puede llegar a  inflamar el corazón de todos, el corazón de la humanidad.  Eso espera Cristo de cada uno de lo que creemos en Él,  que seamos  pequeños fuegos capaces de ir inflamando todo y a todos a nuestro paso, como hizo Él…

Hoy es día de realismo y decisión porque si queremos seguir a Cristo con sinceridad es imposible estar siempre bien… Hay un dicho popular muy cierto ”No se puede estar bien con Dios y con el diablo” . Si vivimos de acuerdo a Dios, si hablamos de parte de Dios, si somos coherentes con el plan de Dios, seremos marginados, pero también seremos felices, gozaremos de paz interior, nuestra  vida tendrá sentido, y cuando nos toque partir, habremos hecho este mundo mejor. Por eso hoy, fijemos la mirada en Cristo, como nos dice la segunda lectura de hoy (Hebreos 12,1-4) y arriesguémonos a nadar contra corriente.

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