Lunes Santo: el Dios de Jesús, un Dios de encuentros que te busca con insistencia, se hospeda en tu casa y se sienta contigo. (Jn 12, 1-11)

Seguimos acercándonos a los días de la Pascua. Cada año llegamos de un modo distinto, algunas veces nos sentimos muy cerca de Jesús como las mujeres que le acompañamos hasta el final, otras sin embargo llegamos frágiles y huidizos como Pedro, pero siempre confiados; estemos como estemos, habrá una mirada amorosa para cada uno.

En este día en tu momento de oración siéntate a los pies de Jesús, en su mesa, acompáñalo en su

camino hacia su Pascua.

REFLEXIÓN.

Jesús va camino de Jerusalén sabe cuál es su destino, pero ese camino no lo recorre solo, por eso se detiene y  se reúne con aquellos a quienes quiere. El Dios de Jesús es el Dios de los encuentros, el que te busca con insistencia, el que se hospeda en tu casa y se sienta contigo, contempla la escena como si fuera la propia casa de tu vida la que visita, acógelo, disfruta de su compañía, déjate visitar por él.

María entrega al Señor lo más preciado que tiene, y cuando damos lo mejor de nosotros al Señor, todo cambia a nuestro alrededor, como la fragancia que se extiende y perfuma toda la casa. ¿Cuál es el perfume que quieres derramar a los pies de Jesús?

Como Judas, hay veces que no sabemos disfrutar del don que se entrega en  perfume derramado a nuestro alrededor; al igual que él  nosotros no sabe valorar y disfrutar de la entrega de los demás porque lo podemos sentir como un reproche a nuestro propio egoísmo. Pidamos al Señor la capacidad de reconocer los dones y la entrega de quienes nos rodea.

Dispongámonos como humildad a presentarnos tal cual como somos y estamos para acoger a Jesús en nuestra casa, en nuestra vida, para caminar con él hasta su Pascua.

 

Lectura del santo evangelio según san Juan 12,1-11

Seis días antes de la Pascua, fue Jesús a Betania, donde vivía Lázaro, a quien habla

resucitado de entre los muertos. Allí le ofrecieron una cena; Marta servía, y Lázaro

era uno de los que estaban con el a la mesa.

María tomó una libra de perfume de nardo, autentico y costoso, le ungió a Jesús los

pies y se los enjugo con su cabellera. Y la casa se lleno de la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dice:

—«¿Por qué no se ha vendido este perfume por trescientos denarios para dárselos a

los pobres?»

Esto lo dijo, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón; y como

tenía la bolsa llevaba lo que iban echando.

Jesús dijo:

—«Déjala; lo tenía guardado para el día de mi sepultura; porque a los pobres los

tenéis siempre con vosotros, pero a mí no siempre me tenéis.»

Una muchedumbre de judíos se enteró de que estaba allí y fueron, no sólo por

Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado de entre los muertos.

Los sumos sacerdotes decidieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos,

por su causa, se les iban y creían en Jesús

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