Este relato forma parte del proyecto: «Los poetas sociales de nuestra América. Descubriendo la bella esperanza al estilo palautiano». Estas son una serie de historias de vida, cargadas de sacrificio, esperanza, con sabor a fe; que el Equipo Provincial de Pastoral Social se encuentra trabajando durante este tiempo.

El sol que nace de lo alto

 César Moreno Velasco era tan conocido en el Albergue la Esperanza, que incluso todos lo asociaban a un lugar fijo: la portería. Sí, tenía una especial afición por custodiar aquella gruesa puerta de fierro rojo que marca la diferencia entre la soledad de las calles, y la compañía calurosa de todas las vidas que habitan el albergue la esperanza.

Esta historia se trata de dos hombres, de dos generaciones, de dos esperanzas, pero con una misma lucha: tratar de torcerle la mano a la enfermedad, a la burocracia despiadada, a la injusticia social de la que siempre han sido víctimas, pero sí, ante todo, lograr frenar el violento cáncer que consumía las fuerzas de César, un muchacho de 24 años, lleno de fantasías que añoraba cumplir.

El andar de César, junto a su padre, el buen Don Hernán, no estuvo lleno de facilidades, al contrario, con cada tratamiento que avanzaban, las cuentas a pagar se hacían más largas, mucho más de lo que su pequeña milpa podía darles. Tratamientos que en algunas ocasiones dieron esperanzas, posibilidades que le hacían esperar buenos resultados y muchos otros procedimientos (la mayoría) tan brutales que le quitaban las pocas energías físicas que César tenía.

A pesar de ser el cáncer un enemigo cada vez más fuerte, a César se le podía ver en su lugar favorito del albergue: la puerta de entrada. Soñaba con algún día convertirse en policía y poder cuidar de algo, pero sobre todo cuidar de otros. Tantas veces lo vimos solo en chanclas, porque simplemente así le gustaba estar, acompañado de su música regional y, claro, sosteniendo una plática muy imaginativa con quien pasara a su lado.

César era un joven, pero todos lo veían como un niño a quien cuidar. Era tan amable, inocente, natural y espontáneo que gozaba de la libertad de los niños, de los hijos de Dios. Amaba todo y a todos, y era el primero en salir a la pista de baile en cualquier celebración del albergue.

Con el paso del tiempo, sus fuerzas se fueron agotando, su cuerpo ya no acompañaba tanto todos los ánimos que su corazón sentía…y, poco a poco, se acercaba el día en que tendría que ir a animar la fiesta del banquete de los justos. Pero antes de llegar a este especial momento, no podemos olvidar al buen Don Hernán, su padre.

Don Hernán no es muy distinto a su hijo. Un hombre de un corazón que es pura bondad, transparencia, humildad y buen ánimo. En todas las subidas y bajadas acompañó a su hijo, junto a su esposa Cristina, quien con el tiempo ya no se pudo trasladar a Ciudad de México, por tener que cuidar de los demás hijos que también estaban en casa.

Don Hernán es conocido por ser cercano, amable y gozar de una fe propia de los justos de la historia.

Los últimos días de César en al albergue fueron muy emotivos, por decirlo de alguna manera. Un día de mucho sol, un día en que el albergue estaba a tope de ocupación entró Don Hernán con la vida en las manos. César no solo estaba hospitalizado; las noticias esta vez no daban esperanzas de un futuro.

Don Hernán dejó correr su tristeza e impotencia con una de las hermanas del albergue. César no tenía muchos días de vida, el médico aconsejaba que se lo llevase cuanto antes a su casa, para que partiera junto a los suyos.

El buen Don Hernán con palabras que te desgarraban, expresaba que entendía la situación, que entendía que él no era Dios, y que desde su lugar aceptaba lo que estaba por venir. Sabía que el tiempo y las decisiones no le pertenecían.

Ese día en Don Hernán descubrimos en carne viva, quienes son los justos de la historia, cómo lucen, cómo ríen, cómo lloran, como confían. El buen Don Hernán ha sido “nuestro” justo de la historia que ha sabido leer en la noche y leer la noche. Ha sabido en la inmensidad del cielo leer el querer de Dios, ha sabido descifrar los enigmas. Supo leer las estrellas de salvación y liberación.

El día que César fue dado de alta del hospital también había mucho sol, uno radiante y, el albergue también estaba lleno. Todos los que estaban cerca, al verlo llegar, estallaron en aplausos; esas manos que se juntaban para reconocer su lucha y la de su padre, pero también unos aplausos que trataban de esconder la profunda tristeza que significaba verle partir.

César hasta el último aliento siguió siendo lo que fue, un niño feliz. Y su Padre, el buen Don Hernán, a su lado, sosteniendo su dignidad y las esperanzas de que el amor traspasa cualquier límite.

Ambos justos partieron del albergue un día de madrugada, ese día también hubo sol. Los dos viajaban por primera vez en avión, una de sus últimas aventuras y desafíos que les tocaba afrontar de la mano.

Nos despedimos observando aquellos ojos llenos de gratitud, de cariño, de una fe que se resistía en apagarse, ambos justos volaban a su natal Chiapas, a reunirse con sus amados, para en el calor del hogar, preparar el último viaje del nuevo día que tendría César, allí donde está el sol que nace de lo alto.

César falleció el 5 de septiembre de 2020, rodeado de sus hermanos, de su madre, y de su padre, incansable compañero.

Esta es la historia de dos justos de Dios. Sin duda podríamos decir mucho más, hacer más reflexión,  pero preferimos que sean ustedes quienes la continúen; descubriendo en sus territorios a los justos de Dios.

 

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