Paola Riffo Sáez, es chorera, es decir, originaria de Talcahuano (Biobío-Chile). Única mujer entre sus hermanos, y parte de una familia católica del centro-sur de Chile, vivió años de su infancia en el desierto del norte grande, en la ciudad de Iquique (Tarapacá-Chile) donde se trasladaron por el trabajo de su padre.

Volviendo a sus tierras natales, curso estudios de periodismo en la Universidad San Sebastián de Concepción (Biobío-Chile), años por los cuales entra en contacto con las Carmelitas Misioneras Teresianas, ingresando como hermana y sirviendo en diferentes comunidades de Quilpué, Hualpén y La Florida. Durante esta etapa funda el ex Centro de Espiritualidad Palautiana (CEP) de Chile, cursa estudios de Ciencias Religiosas en la PUCV (Valparaíso-Chile), Teología en la PUC (Metropolitana-Chile) y desarrolla el servicio de asesora de la pastoral universitaria de la UCH y DUOC UC; donde se implica en un servicios social y de acompañamiento a una pastoral pluralista e inclusiva.

Saliendo de la congregación, se establece en la ciudad de Santa María de Catamarca (Catamarca-Argentina), en los valles Calchaquíes del noreste argentino. Allí se pone al servicio de la iglesia diocesana como misionera laica, sirviendo tanto en la formación, catequesis, asesoría, apostolado y evangelización tanto de la parroquia de la ciudad, como sus capillas y los miles de pueblitos y caseríos cercanos repartidos por la precordillera.

Con una sensibilidad especial, Paola es destacada por quienes la conocen por una mirada profunda y eclesial; además de un carisma especial para con las personas y la capacidad de embarcar a otros en grandes proyectos y hacerlos realidad.

Actualmente, se ha implicado en la evangelización por redes sociales a través del canal de facebook live “Risas, Música y Mucha Fe”, que conduce junto a la cantante católica Myriam Moreno. Este canal ofrece 3 programas por semana de diferentes tópicos, desde conversación, oración y el rezo de rosarios comunitarios.

AMAR LA BELLEZA ESCONDIDA POR LA LOCURA

 

Estas pocas líneas quieren contar mi experiencia con personas que padecen enfermedades mentales, personas que carecen de lógica, de normalidad, de luz, de respeto, de dignidad y sobre todo de una belleza inmediata aparente.

En el año 1997 leí la experiencia de Jean Vanier, quien fundó comunidades del Arca y de Fe y Luz, y así me acercó por primera vez a esta realidad oculta e ignorada, en la cual mi corazón sintió un dolor profundo, un dolor que me dejó sin aliento. Me costaba sólo pensar en hermanos escondidos, marginados, lejos de la sociedad, casi votados como basura por vergüenza, porque dan más trabajo o simplemente porque no son como los demás mentalmente.

Luego, pasaron los años hasta que llegué a una misión en la que cuatro señoras me pidieron visitar un hogar de personas de la tercera edad. Nos organizamos y fuimos, pensando qué actividades podríamos tener con ellos. Al entrar a ese hogar clandestino mis latidos se posaron en 18 almas con sus miradas perdidas, otros riéndose en todo momento, algunos amarrados porque eran violentos según me dijo la encargada. Empecé a saludar uno a uno con un cálido abrazo y un besito. Recuerdo en especial a don José, quien no hablaba, solo emitía sonidos; su mirada me penetró con fuerza, con pasión, y con mucha locura. Me senté a su lado y no pude evitar que mi sonrisa se mezclara con algunas lágrimas, las cuales él empezó a secar con caricias, con una ternura extrema, delicada y misteriosa.

Así empezó a tejerse una historia de amor, en la que cada jueves los visitaba, los escuchaba, los admiraba, los tocaba y juntos compartíamos la fe en Jesús de Nazaret. La primera actividad que organizamos fue para semana santa, donde ellos levantaron esos pequeñitos ramos entre cantos y miradas, miradas que se perdían en el cielo, quizás buscando respuestas, buscando su imagen dibujada en esas nubes distorsionadas, buscando semejanza con un Dios distinto o quizás buscando aceptación.

Ellos eran la vergüenza de sus familias, los habían abandonado en ese hogar y el mundo no los tenía en cuenta ni los consideraba, dado que según su criterio, no tenían nada que aportar a la sociedad. Todos ellos parecían hambrientos de amistad y de afecto; y cada vez me preguntaban con palabras o con la mirada: ¿Me amas?

Descubrí un paraíso terrenal en el que fui experimentando y comprendiendo lo que es la misericordia: vivir en el amor. Ella es el centro y la clave para poder establecer relaciones de autenticidad, de reciprocidad, de gratuidad.

Fue un tiempo en que me sonrió lo diferente, lo inadaptado, lo incoherente, lo absurdo, lo pequeño. Un tiempo donde algo en mi interior se quebró, se transformó mi capacidad de amar tan limitada, tan egoísta, tan calculada. Fue un tiempo de dejarme tocar por la misericordia.

Ser misericordioso no consiste simplemente en hacerse amigo de los pobres, sino en identificarse con ellos, sentir con ellos, mirar con ellos, soñar con ellos. Misericordia es un inclinarse, y expresa un amor personal y gratuito, y un sincero deseo de prestar ayuda y protección eficaz. Es algo así como una madre cuando tiene en sus brazos a su bebé pequeñito que es “incapaz” de levantarse con sus propias fuerzas. Su madre,
consciente de esta “incapacidad”, “baja” hacia su bebé para darle alimento y su cálida protección. Es un mirar con amor: fijar los ojos en alguien con gran cariño y al mismo tiempo, con singular complacencia.

Esta comunicación de amor se da en el silencio, se da en la mirada, en la sonrisa, en secar lágrimas, en un beso, en un poema. Amar es dejar también que el otro toque mi pobreza y proporcionarle el espacio necesario para que me ame. En el amor, yo también me reconozco pobre, vulnerable, limitado… necesitado del otro. Y solo su amor puede restaurar mi caos interior, mi locura diaria, mi dos mundos a la vez, mi blanco y negro, mi luz y sombra, mi trastorno.

Descubrí sus bellezas porque ellos tocaron primero mi propia belleza, porque ellos cambiaron mi corazón, ya no los miraba con ojos sino con el alma, con mi pasión, con mi llanto, mis dudas y mis miedos… y sólo fue posible por la misericordia, porque esos hermanos que vivían en el mundo del caos, se inclinaron a mi incapacidad de ver lo bello, ellos se inclinaron a mi soberbia de normalidad , ellos se inclinaron a mi belleza.

En definitiva, amar es entrar en comunión, corazón con corazón. Sólo se puede vivir amando, entregándose al otro hasta el extremo, como Jesús. Solo desde una experiencia profunda de la misericordia de Dios en tu vida es posible ser misericordioso: “Como el Padre me amó, yo los he amado…”.

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