“El pueblo que caminaba en tinieblas
vio una gran luz;
sobre los que vivían en tierra de sombras,
una luz resplandeció”

(Is 9, 1-3. 5-6)

 

¡Ha llegado la Luz y estamos gozosos!

Hay un himno navideño que comienza repitiendo tres veces “Alegría, alegría, alegría”. Y eso es Navidad… alegría, gozo, esperanza, luz, vida, ternura…porque nuestro Dios viene a nosotros para quedarse, para salvar, para mostrarnos la hondura de su amor por cada uno y lo comprometido que está con todo lo nuestro.

Contemplamos a Jesús recién nacido y es imposible no conmoverse y agradecer. Este pequeño niño frágil, nacido de noche, casi a la intemperie, en la sencillez, trae para nosotros TODO lo que necesitamos para vivir como hijos e hijas de Dios, para conocer el amor de Dios nuestro Padre, para vivir como hermanos y hermanas, para hacer de este planeta un mundo mejor, para hacer la Humanidad más humana. Allí, desde su cunita es capaz de detener guerras y sacar lo mejor de nuestros corazones.

Y aun cuando muchos hoy quieren ignorar su presencia en medio de las “celebraciones navideñas” o “feriados de fin de año”- haciendo verdad lo que dice San Juan en el Evangelio del día (Jn 1, 1-14) “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”- todos, sin embargo, se ven igualmente envueltos en este momento de querer ser mejores, de sentirse más fraternos, generosos, solidarios y muchas otras buenas. Y no es el “espíritu navideño” que ellos claman, sino el nacimiento y la cercanía de un Dios que se derrama en amor por su criatura, un amor que lo impregna todo, que traspasa todo, que es capaz de derribar las barreras más grandes de nuestro corazón, un amor que viene trayendo futuro, misericordia, oportunidades, Salvación…

Contemplemos a Jesús hecho hermano y dejémonos cautivar por su amor delicado y tierno… Y con los ángeles, alabemos y glorifiquemos a nuestro Dios, porque nos ama, porque le importamos, porque viene para que un día vivamos con Él para siempre.

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