El salmo de hoy (Cf. sal 145, 7-10) nos habla de los preferidos de Dios: oprimidos, cautivos, hambrientos, agobiados, ciegos, justos, forasteros, huérfanos y viudas. A ellos Dios los ama con predilección, a ellos quiere ayudar, alimentar, aliviar, liberar, sostener. Se trata de hombres y mujeres que de alguna manera sufren, hermanos y hermanas en necesidad, personas carentes, rechazadas, marginadas.

Hoy la Palabra nos habla de dos de sus favoritas en quienes se reúnen varias de las condiciones para la marginalidad: son mujeres, son viudas y además son pobres. Hay que recordar que, tanto en tiempos de Elías como de Jesús, las mujeres eran consideradas en relación a sus padres, maridos o hijos, no tenían mayores derechos y si sus referentes desaparecían quedaban en el abandono, a la intemperie, desvalidas, desprotegidas.

La primera lectura (1 Rey 17, 10-16) y el Evangelio (Mc 12, 38-44) de hoy nos muestran cómo el Señor elige contar con ellas en la historia de salvación de los pueblos y en las enseñanzas a sus seguidores. La viuda de Sarepta, que ya había decidido darse por vencida frente al hambre que reinaba en su país, es elegida para alimentar al profeta Elías; la viuda pobre del Evangelio, que echa unas moneditas casi sin valor en la alcancía del templo, es elegida por Jesús para dar una enseñanza a sus discípulos sobre la verdad y la generosidad en el dar. No elige ni a los escribas ni a los ricos que depositaban grandes sumas de dinero, la elige a ella, la que es ubicada entre los marginados de esa sociedad. Y es que, lo que Dios ve en nosotros es distinto de lo que ven los otros. Él quiere contar con nuestra pobreza, y aunque a veces sintamos o pensemos que no tenemos nada para dar… Dios sabe que sí.

Mientras Jesús estaba en el templo viendo a la pobre viuda echar sus moneditas, dice a sus discípulos “Yo les aseguro que esa pobre viuda ha echado en la alcancía más que todos. Porque los demás han echado de lo que les sobraba; pero ésta, en su pobreza ha echado todo lo que tenía para vivir”.

Cuando Elías pide a la viuda de Sarepta que le dé de comer, y ella, a pesar de su precaria situación opta por creer las palabras del profeta “No temas. Anda y prepáralo como has dicho; pero primero haz un panecillo para mí y tráemelo. Después lo harás para ti y para tu hijo, porque así dice el Señor de Israel: ‘La tinaja de harina no se vaciará, la vasija de aceite no se agotará, hasta el día en que el Señor envíe la lluvia sobre la tierra’ ” ocurre el milagro… Ella se fue, hizo lo que el profeta le había dicho y comieron él, ella y el niño. Y tal como había dicho el Señor por medio de Elías, a partir de ese momento, ni la tinaja de harina se vació, ni la vasija de aceite se agotó.

Dios elige contar con ellas, y también- en el misterio de su amor-  elige contar con nosotros, a pesar de nuestras pobrezas y fragilidades.

Pero responderle sí a Dios no es siempre fácil. Nuestra mentalidad asegurada en las propias capacidades y posibilidades, muchas veces nos hace experimentar como la viuda de Sarepta, que Dios nos está pidiendo demasiado, porque, por poco que sea lo que tenemos, nos aferramos a ello.

¿Cuántas veces hemos dado por terminado un desafío, una tarea o misión y nos hemos dejado paralizar por la falta de fe y esperanza?

Responder a Dios implica también para nosotros, como para estas dos viudas, dar un salto de fe, desprendernos de nuestras posesiones (materiales, psicológicas, afectivas, etc)  y ponerlo todo a los pies del Señor.

No tengamos miedo de nuestra pobreza, pongamos nuestra fe en Dios …  en Él está la fuente de todo bien, de toda abundancia; donde entra Dios todo rebosa… no sólo para nosotros sino para todos los que nos rodean. Seamos generosos con Él, con nuestro mundo, con los cercanos y los lejanos, con todos…

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