“Se abrió el Templo de Dios que está en el cielo y quedó a la vista el Arca de la Alianza. Y apareció en el cielo un gran signo: una Mujer revestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas en su cabeza. Estaba embarazada y gritaba de dolor porque iba a dar a luz”

Hoy que celebramos la Asunción de María a los cielos, antigua fiesta del Transito de la Virgen, queremos ayudar a mirar con ojos palautianos este gran misterio.

Según la tradición, María, al llegar ya al fin de su vida terrena, regaló todos sus bienes a los pobres (que no deben haber sido mas que sus ropas y algunos cuantos muebles) y se recostó sobre su cama, donde sucedió la “dormición”; que es como experimentó la “muerte”; que a diferencia de nosotros no implicó la separación de su cuerpo y alma, dado que mientras los apóstoles velaban sus resto, Dios la llevó al cielo asunta en cuerpo y alma.

Si bien, aquí para María se adelantó (por haber sido elegida Madre de Dios y por su inmaculada concepción) a lo que todos nosotros viviremos al final de los tiempos, este hecho también posee un contenido místico y profético, pues nos adelanta una realidad de la cual Palau era muy consciente: Todos estaremos en la Jerusalén Celeste en cuerpo y Alma.

María, en ojos palautianos, es Tipo Perfecto y Acabado de la Iglesia, por tanto cuando miramos a María vemos en ella a la Iglesia. En esta Iglesia la cabeza es Cristo y su cuerpo; nosotros unidos con toda la humanidad:

“Yo soy, con todos los santos y ángeles del cielo y los justos y bautizados de la tierra y las almas del purgatorio unidos a Cristo Cabeza, tu Esposa amada, pero no mirándome individuo particular.” (MR, 737)

Desde esta perspectiva, María Mística es en la Asunción signo y símbolo de la salvación que se nos ha prometido y profecía de nuestro llamado a estar junto a Dios en Cuerpo y Alma; pues, tal como ella sube a Dios en cuerpo y alma, nosotros como Iglesia entraremos en cuerpo y alma en la Ciudad Celeste, para estar con Dios para siempre.

Así también lo sabía Francisco cuando nos describe nuestra vida futura en la Ciudad de Dios:

“¿Tendremos allí música? Claro está que sí, pues de lo contrario nuestro oído no tendría objeto. Todos los coros de cuerpos glorificados dirigidos por la eterna sabiduría del Padre, que es Jesucristo, formarán el gran orfeón, en el que jugarán tantos instrumentos de música, cuantos en número sean éstos, en tal manera que cada uno de ellos será un instrumento especialísimo y singular, que no fallará, ni puede faltar una sola vez. El conjunto de tantas voces, a cual más dulce y melodiosa, será tan grato a nuestro oído, y tan suave a nuestro corazón que gozará por esta parte material cuanta satisfacción quepa a un hombre glorificado. El cántico será siempre nuevo (…)” (Francisco Palau, Iglesia de Dios, 696.)

Aún más, es consciente que las cases y calles de la Jerusalén tienen una razón de ser:

“En tal caso las habitaciones servirían no para ampararnos contra las inclemencias del tiempo, ni para buscar en ellas el reposo a nuestras fatigas, o seguridad contra enemigos externos, sino para satisfacción y gloria de nuestros sentidos; y a más los muros de los palacios siendo de una materia tan preciosa como el oro clarificados como el cristal luciente, no sólo servirán de recreo a nuestra vista, sino de líneas divisorias, que marcando a cada uno el lugar especial que se le ha destinado formándose en calles y en ciudad, veamos en esta demarcación la inmensa sabiduría de Dios en la forma misma de los edificios, de las calles y de la ciudad.” (Iglesia, 695)

Por lo cual, ¡hoy los palautianos tenemos mucho que celebrar! Hoy podemos mirar esta fiesta como la fiesta de la esperanza, porque no celebramos solo a María de forma individual, sino también a toda la Iglesia en ella; María sin mancha tipo de la Iglesia sin mancha como esposa de Cristo; María asunta en cuerpo y alma tipo de la humanidad unida a Cristo en cuerpo y alma.

Esta unidad cuerpo y alma junto a Dios, que María nos profetisa, sintoniza y es coherente con la novedad de nuestro carisma, dónde nos hemos descubierto Misión, donde la acción y la interioridad no se oponen, por que ambos son espiritualidad: somos uno en Cristo, y somos uno interiormente; el mundo terrenal no se opone a lo llamado “espiritual”, dado que ambos comparten una sola realidad.

 

Orlando Carvallo C. EGEP

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