DOMINGO XXI CICLO C

En el Evangelio de hoy Lucas (13,22-30) se habla  de dos maneras de estar en nuestra relación con Dios: dentro o fuera. Dentro es lugar de encuentro, de comunidad, de gozo,  de cercanía con Dios y con los demás; espacio  donde É l nos conoce y nosotros a Él; donde compartimos con otros todo lo que nos ofrece “en su banquete”; donde, como dice la primera lectura podemos ver “su gloria”.  Fuera, en cambio, es lugar de dolor y de soledad; de desencuentro con Dios y su amor; de autoengaño, de falta de luz sobre nuestra propia verdad.

Hay una puerta que separa los dos espacios: la manera en que nos relacionamos con Dios y los demás.

La llave la encontramos en la primera lectura (Isaías 66,18-21): “Y de todos los países, como ofrenda al Señor, traerán a todos vuestros hermanos a caballo y en carros y en literas, en mulos y dromedarios, hasta mi monte santo de Jerusalén –dice el Señor–, como los israelitas, en vasijas puras, traen ofrendas al templo del Señor. De entre ellos escogeré sacerdotes y levitas» –dice el Señor”

Esa puerta es estrecha para entrar con mi ego, mi egoísmo, mis indiferencias, mis ambiciones, mis tiempos, mis cosas, mis logros, y la larga lista de “mis” que vamos arrastrando por la vida.  Al Reino se entra con los “tus” que son capaces de movilizar mi vida hacia la vida y necesidades de los demás… tus dolores, tus carencias, tus humillaciones, tus lágrimas, tus soledades. Todos esos sí caben por la puerta estrecha, porque al Reino se entra en compañía de los hermanos y hermanas a quienes hemos “sido enviados”, todas esas personas que día a día encontramos  y a quienes vamos mostrando, con nuestras palabras y obras, la gloria del amor de Dios.

Afuera se quedan,  quienes han sido indiferentes con Dios y con los hermanos, quienes no han tenido tiempo para los demás, quienes han escogido no llevarlos al lugar de la gloria, del amor, de la solidaridad, de la justicia, porque no quisieron darse el trabajo de “cargar” a los hermanos aun cuando Dios ponía a su disposición caballos, carros, literas, mulos y dromedarios.

Pero cada día es una nueva oportunidad, cada día es tiempo para renovar el equipaje con que me presento a la puerta del Reino. Que estas palabras de la segunda lectura nos animen a emprender el camino hacia la puerta de una manera nueva.

“Fortalezcan las manos débiles, robustezcan las rodillas vacilantes, y caminen por una senda llana”.  (Hebreos 12,5-7.11-13)