EVANGELIO EN CLAVE PALAUTIANA (DOM XXXII)

Hoy nos salen al encuentro la viuda de Sarepta, que entrega lo último de harina y aceite que le quedaba, y  la viuda pobre del templo, que entrega como ofrenda sus últimas  dos monedas. Dos mujeres, pobres, vulnerables, marginales, que entregan todo lo que poseen, todo…

Y aunque materialmente son ofrendas pobres, su valor brota del amor con que las hacen.

Mientras oraba estas lecturas venían a mi corazón personas como la viuda de Sarepta y la viuda pobre del evangelio con las que me he encontrado a lo largo de los años. Con ternura revivía mis encuentros con Luis y Esteban, dos hombres aún jóvenes que viven en la calle. Se sientan cada día afuera de la farmacia, con sus mochilas, los trabajos en alambre de Luis, su perrito con nombre  mapuche…sus historias, su vida,  esa  del “hoy estoy vivo, mañana no sé”.

Le compré una flor de alambre y me dijo que  también sabía hacer crucifijos. Después de hablar un rato quedamos con Luis en que volvería al día siguiente. El haría para mí un crucifijo de alambre  y yo le llevaría una cruz pequeña para Esteban, “su compañero de vereda”, porque hacía tiempo quería una. Cuando me fui a la comunidad  llevaba en mi corazón su sonrisa, sus ojos color miel llenos de luz y alegría cuando me decía que sabía hacer un crucifijo. Me conmueve recordar la satisfacción  que había en sus ojos al entregármelo el día siguiente y puedo entender por qué Dios miró con amor las monedas de la viuda del templo y el panecillo de la viuda de Sarepta. Cuando recibí ese crucifijo de alambre una ola de amor invadió mi ser porque casi podía sentir el cariño con que la hizo. ¡Había sido tan lindo nuestro primer encuentro!

Hoy sé que Dios mira con más amor la cruz de alambre de Luis que muchas de mis generosidades fáciles, porque en cada detalle de esa cruz hay amor genuino y puro… si, un amor muy puro en ese joven un poco sucio, un poco desgreñado, maltratado por la vida y la calle, ese joven de mirada dulce,  de sonrisa fácil, de actitud agradecida y corazón generoso.

Ciertamente Cristo vino y murió por ellos, los pequeños, sus pequeños…

Yo alabo  al Señor por ellos, porque allí, en su situación de calle, nos enseñan a recuperar humanidad, a disfrutar de algo tan simple como el darse en un encuentro sincero, verdadero, donde  se abre la vida para que le otro la contemple, donde hay diálogo,  cruce de miradas, sonrisa abierta,  cariño fraterno… Allí, sentados afuera de la farmacia, nos recuerdan que somos hermanos, que pertenecemos a una misma familia, un mismo cuerpo. Por eso nos conmueven,  nos duelen, así como a Dios le dolieron y conmovieron las viudas, con sus historias, sus dolores, sus corazones amantes, su sencilla y humilde generosidad.

Pero no basta con dolerse y conmoverse. Esteban y Luis, las viudas  de la Escritura y tantos  otros, sus vidas, su circunstancia, nos desafían. El Señor nos pide no sólo amarlos y acogerlos sino hacer gestos  concretos que manifiesten inequívocamente  ese amor y esa acogida.  “Curar sus heridas”, diría el P. Francisco, nuestro fundador.   Hemos de cooperar para que en las vidas de todos los Luis y Esteban  que vamos encontrando en el camino la orza de harina no se vacíe, ni la alcuza de aceite se agote, para que así a Luis y a Esteban no les falte una oportunidad de vivir una vida diferente. Somos los llamados a traducir la misericordia y el amor de Dios por ellos.

En este domingo maravilloso no puedo evitar alabar a Dios con todo el corazón por estos hermanos míos que desde “esa vereda” me han enseñado a no dejar escapar lo esencial, a recuperar humanidad, a no dejarme atrapar por nuestra sociedad  tantas veces alienada en las prisas, las apariencias, los éxitos y logros, los trabajos por hacer, los bienes por alcanzar y luego cuidar, los problemas del día a día tantas veces insignificantes.

Las mujeres de la Escritura  y los dos hombres jóvenes de la farmacia, nos desafían a cristificar el corazón y la mirada para salir al encuentro de los demás dejando resonar en nuestro interior el canto que dice «Amar como tu amas, sentir como tu sientes, mirar a través de tus ojos», nos desafían a dejar que el Espíritu limpie nuestra mirada interior e  imprima en nuestro corazón  la ternura del Señor para con los más pequeños, vulnerables, los marginales, los que tantas veces no queremos mirar.

Sí, mi Dios, con el salmista yo te alabo porque das pan a Luis  y a Esteban,

porque los sustentas y los guardas cada día y cada noche,

porque los miras con amor y ternura,

porque eres un Dios fiel a tus promesas,

porque cada jornada los contemplas,  los esperas, sales a su encuentro…

¡Bendito seas por tu amor eterno e infinito a los pobres!

¡Bendito seas porque yo estoy entre esos pobres amados por ti!