La obra de Francisco Palau es de extensión discreta. No estamos ante un escritor de profesi��������������������������������������n. Para él la pluma es simple instrumento de apostolado, medio eficaz del servicio pastoral a la Iglesia. Todas las páginas por él publicadas tienen esta suprema finalidad. Hasta en las de índole autobiográfica, no destinadas a la publicidad, están marcadas con el sello de lo eclesial.

La distinción más clara e importante permite identificar dos grupos fundamentales, a saber: escritos doctrinales o pastorales y escritos autobiográficos. Corresponden a la primera categoría, no sólo los escritos programados con la extensión y entidad propias del libro, sino también una serie nutrida de documentos, comunicaciones y artículos. Entre estos últimos destacan los publicados en algunos periódicos con motivo de la Escuela de la Virtud y de su actividad de misionero popular por Barcelona e Ibiza. Forman grupo especial las páginas redactadas para el semanario fundado por ��l con el título de ��El Ermitaño». Algunas de esas colaboraciones se reunieron en «El Exorcistado», opúsculo presentado a los Padres del Concilio Vaticano I.

La parcela autobiográfica esta representada fundamentalmente por los dos escritos más importantes: las Cartas y Mis Relaciones. Se complementan con otro par de op��sculos: el de La Vida Solitaria y la apología conocida como «El Solitario de Cantayrac». El lector que se adentra en la lectura de los escritos palautianos debe superar algunas dificultades motivadas por la distancia cronológica y también por los modos peculiares del autor. Pocas veces tan exacto, como en su caso, que «el estilo es el hombre». Escritura y estilo de pensar van siempre al unísono en Francisco Palau; se funden hasta en los detalles. Genio y figura quedan plasmados en cada frase y en cada giro. Son f��ciles de identificar los rasgos más destacados o representativos de su pluma.

Francisco Palau siente predilección por la comunicación figurativa, casi una propensión incontenible al simbolismo. Le��������������������������resulta natural cuando intenta plasmar sus íntimas experiencias espirituales, pero también cuando busca métodos apropiados��para trasmitir sus enseñanzas. Es tan marcada en él la tendencia a lo figurativo que recurre a la imagen y al grabado hasta en los libros de índole más doctrinal, incluso hasta en las páginas autobiográficas de Mis Relaciones.

Esa inclinación natural a lo figurativo –componente decisiva de su fecunda fantasía– le sirvió de instrumento para la acción pastoral. Con intuición certera se dio cuenta del impacto pedagógico de la imagen y se sirvió abundantemente��de ella. Esa es la razón del recurso a grabados y diseños para ilustrar sus obras de pastoral, como el Mes de María y La Iglesia de Dios figurada por el Espíritu Santo. Sentía tal fascinación por lo plástico que intentó plasmar sus vivencias íntimas con dibujos ilustrativos, como en Mis Relaciones.

Si se exceptúan las páginas del Catecismo de las����Virtudes, el recurso figurativo está presente de alguna manera en todos los escritos. Alcanza tales niveles en Mis Relaciones que se convierte en el g��nero propio y específico. La comunicación de sus experiencias ��ntimas adopta el registro típico de la mística bíblica y simbólica. Francisco Palau se vuelve eco de los grandes maestros de la Escuela Teresiana. Remeda en sus descripciones y escenificaciones las «visiones, locuciones, apariciones» y otros fenómenos similares de su tradición espiritual. No se trata por fuerza de hechos reales, sino de esquemas comunicativos asumidos de sus antepasados por el autor. Queda patente en muchas de sus páginas la imitación del t��pico género profético y apocalíptico de la Sagrada Escritura.

Sin ser escritor de profesión, demostró Francisco Palau estar dotado para la reflexión y poseer dotes de creatividad. Los escritos revelan que apenas cultiv�� las cualidades naturales.

De cara a la valoración artística y literaria conviene tener presente su bilingüismo. Aunque la mayor parte de los escritos est��n redactados en castellano, compuso también páginas en catalán y en francés. El castellano de Francisco Palau est������ cargado de giros, modismos y expresiones catalanas, como era de esperar.

Francisco Palau fue escritor, más por exigencias pastorales que por vocaci��n o consagración a la pluma. Logró, sin embargo, componer páginas originales que ocupan lugar privilegiado en la literatura religiosa y espiritual del siglo XIX español.



Presentamos a continuación una semblanza de cada uno de sus textos:

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Con este libro inicia Francisco Palau el apostolado de la pluma. Es el primer eslabón de un proyecto desarrollado en los escritos posteriores. Intentaba únicamente servir a la Iglesia y a los hombres. Según él, todos los creyentes están llamados a esa gloriosa tarea. No es cuestión de privilegiados o superdotados; menos aún, exclusiva de sacerdotes. Basta amar sinceramente a la Iglesia y sintonizar con ella para sentir la llamada a su ��������servicio». Francisco Palau estaba imbuido de esta idea y la proclamaba antes con el ejemplo que con la pluma. El libro Lucha es ante todo testimonio personal; se vuelve luego enseñanza.

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Desde la llegada a Francia en 1840 cumplía puntualmente Francisco Palau cuanto había enseñado en el libro Lucha del alma. El exilio le forzó a vivir casi permanentemente en estricta soledad, la mayor parte del tiempo compartiéndola con amigos y seguidores. No era algo extraño al horizonte de la vocación religiosa asumida años atrás en los claustros carmelitanos. Se mantenía firme en sus deseos y propósitos. Había experimentado el sentido de la vocación contemplativa en soledad personal a raíz de la exclaustración violenta de 1835. Podía testimoniar ahora con los hechos el convencimiento íntimamente madurado al momento de emitir la profesión religiosa: «Estaba bien persuadido que podría cumplir sus obligaciones fielmente hasta la muerte». Sólo necesitaba la vocación, y para «vivir como anacoreta, solitario o ermitaño, no necesitaba de edificios que presto iban a desplomarse». Todo tenía fiel cumplimiento cuando se puso a escribir las páginas de este opúsculo. Ardía en su espíritu la llama eclesial; sentía ansias de luchar contra el mal, pero sólo podía «luchar con Dios» en favor de la Iglesia perseguida. No tenía otra alternativa que la de orar y sacrificarse por su ideal; era el único modo de servir a la Iglesia. Asumió la vida solitaria y penitente con la entrega y el tesón que pon��a en todo.

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Durante los últimos meses de 1851 el P. Francisco Palau consiguió poner en marcha su obra apostólica «La Escuela de la Virtud». Intentaba establecer en Barcelona primero, en otras ciudades más tarde, centros de enseñanza religiosa para explicar de manera clara y sistem��������tica las verdades fundamentales de la religión que deben presidir la vida de un cristiano auténtico. La experiencia le había demostrado que semejante objetivo no podía lograrse con los métodos tradicionales de la pastoral dominante en su tiempo. Este libro es fruto de esta experiencia.

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La celebración del «Mes de Mayo» era una de las expresiones más peculiares de la devoción mariana. Durante los años de permanencia en las islas tuvo ocasión de verificar que se practicaba como un «ejercicio piadoso» más, sin incidencia seria en la vida de los fieles. Necesitaba, por ello, renovación, savia nueva que le diese vitalidad práctica. En Es Cubells, en Santa Eulalia, en otras iglesias de Ibiza y también en Mallorca ensayó fórmulas variadas hasta dar con el método que le pareció más adecuado para hacer del «Mes de María» algo verdaderamente útil en la vida cristiana. Cuando comprobó su eficacia y la excelente acogida de��las buenas gentes isleñas, decidió formularlo por escrito para��facilitar su práctica y difundirla entre los devotos de María. Así nació el devocionario titulado «Mes de María o sea Flores del mes de Mayo». Un devocionario bastante distinto de los demás en circulación. Quería ayudar a glorificar a María, pero, a la vez, intentaba enseñar a imitar sus virtudes, la mejor manera de honrarla. Guiado por su sentido práctico y su pedagog��a habitual recurrió una vez más a la fuerza de lo plástico. El texto del devocionario iría acompañado de grabados en correspondencia a los días del mes. Letra y láminas formaban un todo unitario y armónico.

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Se trata del escrito mejor construido y redactado de Francisco Palau. Se desarrolla a tenor del esquema siguiente: —Comienza sentando los principios que sirvieron de��soporte pastoral y doctrinal a la «Escuela de la Virtud», sintetizándolos en estas afirmaciones básicas: la Iglesia tiene confiada la misión de predicar el evangelio. Debe realizarla buscando las formas más adecuadas a cada lugar y momento. Para ello ha de contar con plena libertad de acción en su propio campo religioso. Las páginas de este libro tienen valor documental indiscutible. Constituyen la historia más verídica y autorizada de lo que fue la ��Escuela de la Virtud». Su interés supera el ámbito de lo autobiográfico y el reducido alcance de episodio menor –casi anecdótico– de la Iglesia española en el siglo pasado. Aborda problemas de fondo repetidos, con variantes secundarias, en otras épocas y en otros lugares, hasta en los momentos actuales. Es la problemática perpetua de la evangelización en su roce con la sociedad humana y su organización política.

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>Es el último libro publicado en vida por Francisco Palau; el único de los conservados que trata directa y exclusivamente de la Iglesia, tal como anuncia su título o epígrafe. Si se tiene en cuenta que el misterio eclesial ocupó por entero su reflexión y su vida, puede extrañar que tardase tanto en dedicarle una obra específica. No puede hablarse propiamente de retraso. En realidad este escrito es prolongación y culminación de todos los anteriores. Arranca de hecho del compuesto en lat��n durante los primeros años de exilio en Francia. En aquel libro primerizo esbozaba y realizaba, en parte, un esquema eclesiológico centrado en dos figuras centrales: el de la ����������ciudad santa» y el del «cuerpo humano����.

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Ocho extensas páginas ocupa el escrito palautiano. Expone primero su opinión sobre el exorcistado y su función específica en la Iglesia, insistiendo en la fundamentaci��n teológica y bíblica de su tesis. En un segundo apartado trata de refutar a quienes no comparten su opinión sobre el influjo del espíritu maligno y sobre la frecuencia de la posesión diabólica. Después de describir con tono desgarrado la tétrica situación de los endemoniados, propone el establecimiento de centros asistenciales para estas pobres gentes y, al mismo tiempo, solicita el establecimiento, por parte de la Iglesia, del exorcistado como orden o función permanente para luchar contra los estragos que causa Satanás en las almas y en la sociedad.

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Las cartas de F. Palau, no sólo permiten seguir el desarrollo normativo, sino identificar también las coordenadas espirituales y carismáticas que alientan sus reglamentos religiosos en una línea de inconfundible sello carmelitano y teresiano. Anzuelo y orientación de los diversos reglamentos responden a las diferentes circunstancias y situaciones. Insiste en los primeros��(1851) en los valores fundamentales de la vida religiosa, en��cuanto opción evangélica; recalca los rasgos carmelitano-teresianos cuando llega a la configuración definitiva de su institución (1863), y desciende a la reglamentación más detallada y descarnada una vez que la obra fundacional adquiere consistencia y pluralidad de actividades y situaciones (1867-1872).

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La mayor parte de los escritos de Francisco Palau est��n vinculados directa o indirectamente con su actividad apostólica; unas veces como preparación, otras como apoyo de ésta; las más como fruto de la misma. Tal es el caso de las páginas que siguen. Corresponde a dos momentos distanciados de su vida y a dos facetas destacadas de su acción pastoral. La primera serie está relacionada con su actividad de «misionero popular» por las diócesis de Barcelona e Ibiza durante los años 1864-1867. Se trata de artículos publicados en forma de cartas abiertas al director de la «Revista Católica», amigo y antiguo colaborador suyo.��Aunque editadas en la ��Positio» para la beatificación y saltuariamente en otros estudios, estas p��ginas no estaban aún recogidas en la serie de «Textos Palautianos».

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Es el escrito más original y representativo de Francisco Palau. También el de más ardua comprensión. Entre otras razones, porque no es libro normal y corriente, ni como tal debe leerse. En estas páginas, casi herméticas, desvela el autor los repliegues más íntimos de su espíritu enamorado de la Iglesia. Antes de adentrarse por las sendas complicadas del escrito, conviene conocer algunas de sus claves.

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Personalidad de actividad tan desbordante como Francisco Palau tuvo que relacionarse intensa y extensamente. Hubo de hacerlo necesariamente por carta, único medio entonces de salvar distancias geográficas. Si se tiene en cuenta la variopinta gama de su acción pastoral y los frecuentes desplazamientos por ella exigidos es natural la expectativa de un abultado epistolario.

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Presentamos a continuaci����n el Indice y la Introducción de los ” Escritos” de Francisco Palau, de la Editorial Monte Carmelo, Burgos, 1997.

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