Orlando Carvallo, Laico Palautiano, nos habla en el marco del año de Laudato Si’, de la sabiduría de los pueblos originarios de América en el contexto del año nuevo solar del hemisferio sur; y sus implicancias espirituales en la cosmovisión indígena que pueden ser orientadoras para la actual espiritualidad católica americana.

PEWMANGEN KÜME WE TRIPANTU NGEPE MAY!

 

En el contexto del año de celebración de la Laudato Si’, el llamado es ha recuperar la sabiduría de los pueblos originarios, que en la sociedad occidental actual parecen obsoletos, sin embargo, el nuevo año solar nos da pie para volver la mirada hacia ellos.

El día del 20 al 21 de junio de este año fue testigo de uno de los eventos astronómicos más importantes del año; el Solsticio de Invierno para el hemisferio sur y el Solsticio de Verano para el hemisferio norte. El término “Solsticio” en una traducción literal del latín significa “Sol quieto”, fenómeno que realmente dura solo un instante, pero permite que el hemisferio sur viva el día más corto del año y la noche mas larga, mientras que en el hemisferio norte la situación se invierte. El origen de este cambio astronómico se debe a que el Sol se posicionará sobre el Ecuador y alcanzará una menor altura en el horizonte, por lo que son menos las horas de luz y mas bajas las temperaturas; comenzado el invierno en el sur y todo el proceso de manera inversa en el norte comenzando el verano.

Este día ha impactado desde siempre a las culturas del mundo, siempre atentas al movimiento de los astros y al conocimiento observable del universo; especialmente relevante fue para los “pueblos del Sol”, es decir, las culturas amerindias. Sin embargo, con el arribo forzado del cristianismo a América, la cultura cristiana occidental intentó cristianizar este acontecimiento promoviendo la celebración de la “Noche de San Juan” o “Corpus Christi”, y desarrollándose un nivel de sincretismo importante en muchos lugares.

Sin embargo, lo cierto es que la cultura, religiosidad y espiritualidad amerindia ha sobrevivido en diferentes formas, y si bien no nos corresponde juzgar la historia (pues sería un anacronismo analizar el pasado con ojos del presente), sí es relevante reconocer que cosas nos tienen que enseñar y podemos rescatar de estas espiritualidades para el mundo de hoy, para la América de hoy, y para nuestra propia espiritualidad.

Desde los Inuit en Alaska hasta los Selk’nam en Tierra del Fuego, el Solsticio corresponde a un evento único, pero para los pueblos del hemisferio sur tiene una relevancia aún mayor, dado que constituye la celebración del Año Nuevo, que es regularmente llamado el “Año Nuevo Andino-Amazónico”.

Esta fiesta en la cultura Quichua era llamada el “Wawa Inti Raymi” (Fiesta del Niño Sol[1]). Durante el imperio del Tawantinsuyu (Imperio de las cuatro partes del Mundo. Actualmente territorios de Colombia, Ecuador, Perú, Bolivia, Argentina y Chile), esta fiesta se celebraba en la ciudad de Qusqu (Cuzco), según el Inca Garcilazo el “Ombligo del Mundo”, como una fiesta de renovación donde el sol llegaba a su mínima expresión y desde ahí comenzaba su proceso de renacimiento; dando sentido a los tiempos de plantación y cosecha. Participaban tanto el Inca (Emperador) como los Curacas (Gobernadores) privándose de la vida marital y esperaban en cuclillas (máximo signo de respeto, como arrodillarse) la salida del Sol.

Para los aymaras (Bolivia-Perú, Chile y Argentina), este día se llamaba el “Machaq Mara” (Año Nuevo) o Willka Kuti (El Retorno del Sol); y señalaba el momento de comenzar el proceso de siembra de los campos. Se celebraba en la ciudad sagrada de Tiwanaku, donde al amanecer los primeros rayos de sol ingresaban por la puerta del templo de Kalasasaya, en una sincronía perfecta. En la fiesta se celebraba una vigilia con cantos, bebidas y comida. Se realizaban ofrendas de todo tipo y se sacrificaban algunas llamas cuya sangre se rociaba en la tierra. En todos estos gestos se pedía al Sol su regeneración para que permitiera la continuación de la vida.

Más al sur, en los bosques, selvas y valles del Wallmapu (La Tierra que nos rodea. Centro sur de Chile y Argentina); el pueblo mapuche celebra el “We Tripantu” (Año Nuevo); donde ellos veían un cambio de ciclo, dado que las plantas comenzaban a brotar y las tierras se limpiaban con el agua del Ngen-Ko (Espíritu del Agua); con esto lo antiguo quedaba atrás, comenzaban un mundo nuevo que solo era posible recordar.

En las planicies selváticas del corazón de Sudamérica (Bolivia, Argentina, Paraguay y Brasil), el pueblo guaraní celebraba “San Juan Ára”, una fiesta aún mas sincrética cristiano-amerindia que las anteriores. Tiene el sentido de ayudar al Sol que se ve reducido a su mínima expresión en el solsticio, para lo cual se encienden grandes fogatas con el fin de dotar más fuerza al sol; y permitir que la vida continúe quemando leña proveniente de árboles como el Yvyraro, Kurupa’y o Kurupa’yra, de los cuales se obtienen las brasas necesarias para extender y pasar caminando por encima.

Por el hemisferio norte, el Solsticio de verano presentaba el telón de fondo para una serie de celebraciones relacionadas con el sacrificio. Así, para los pueblos de mesoamerica la celebración estaba íntimamente relacionada con el maíz, a través del cual se realizaba la comprensión del mundo espiritual. El maíz nacía, moría y resucitaba dando sentido al calendario sagrado. Las fiestas y dioses no podían entenderse sin él. En la mayoría de estas implicaban sacrificios humanos, razones del tabú de los occidentales sobre estos eventos.

Para los pueblos de lengua náhuatl las fiestas en esta fecha eran conocidas como altepeilhuitl, mientras que para los totonaco se les llamaba chuchut sipij catani (fiesta del pueblo). Ambas corresponden a fiestas para la fecundidad vegetal basada en ofrendas; y en el caso de los mexicas en honor a Totatiuh. Esta fiesta tenía entre los mexicas el sentido de renovación del fuego que ayudaba a la tierra y al ser humano a respetar cada ciclo vital con paciencia, repercutiendo en las cosechas, paz, amor y prosperidad.

Para los pueblos mayas de Yucatán, la celebración hacía referencia a la pirámide de Chichén-Itzá, donde el Sol salía e iluminaba completamente los costados norte y este de manera absolutamente perfecta. Las ofrendas se realizaban en honor a Kukulkán; y se recomendaba que los padres de familia recitarán la bendición del Saq’ Q’ij junto a sus hijos, familiares y amigos, donde toda la comunidad tendrá a alegría de cumplir el precepto.

Para los pueblos de USA y Canadá, la celebración era conocida como la “Danza del Sol”, perseguida dado la crudeza de la celebración. Esta fiesta es transversal a las tribus de norteamerica pero cada cual tiene sus variantes. La fiesta se basa principalmente en cantos, danzas, rezos y sacrificios. Durante ella se construía una choza alta orientada a la salida del sol, donde algunos guerreros se realizaban perforaciones en el pecho, en la cara, u otras zonas, donde insertaban estacas de madera que se atacaban al poste en tensión, lo cual hacía a los que participaban estar permanentemente en tensión y de puntillas. Mediante privaciones y penitencias corporales, los danzantes trataban de suscitar la compasión de “El Gran Espíritu o Gran Fuerza de Vida” y garantizar así la perpetuidad de la tribu. El ayuno y la tortura voluntaria son elementos esenciales. Al final de la ceremonia los danzantes debían tratar de liberarse de las estacas tirando de ellas, lo cual implicaba el desgarro de la carne. Esta carne y sangre correspondía a una verdadera ofrenda. Los Lakotas solían repetir; “¡Oh Wakan Tanka (Gran Fuerza de Vida), ten misericordia de mí, para que mi pueblo viva! Por eso me estoy sacrificando”.

Todas estas fiestas, existen de alguna forma hoy en día; ya se modificadas, ajustadas o en formas más simples; pero todas ellas son celebradas en los descendientes de dichas comunidades. Incluso la danza del fuego, la cual hace pocas décadas dejó de estar proscrita, aunque ya no se realiza con el sacrificio de las estacas.

Pero ¿Qué nos enseñan todas estas celebraciones a nosotros? La verdad que mucho más de lo que visualizamos inicialmente. En todas ellas hay primero un rasgo transversal; en todo el continente los pueblos amerindios eran conscientes de que ellos son parte, y no dueños de la naturaleza, y por lo tanto es su deber cuidarla, e incluso ayudarla. No abusar de ella, sino usar lo necesario. Este enfoque ancestral tiene intimas relaciones con la propuesta de Francisco de Asís en “Hermano Sol y Hermana Luna”, y con el enfoque que se ha considerado “revolucionario” sobre el cuidado de la casa común en Laudato Si’, del Papa Francisco.

Por otro lado, todos estos pueblos, nuestros antepasados, tenían una capacidad de contemplación de la naturaleza única, que les permitió reconocer al Espíritu de lo Trascendente en la creación. Entendían que la tierra era sagrada, porque había sido creada por algo mucho mas grande y maravilloso, y aún había huellas de esa sacralidad en lo que los rodeaba. Para el mundo indígena, la espiritualidad no es espiritualismo, sino vida diaria y acción concreta; los planos, si bien separados en su concepción de mundo, se nutren el uno al otro.

Otro rasgo característico es el sentimiento de unidad de las comunidades, de ser un todo entre los hombres, entre los seres vivos y con el cosmos. Este profundo sentimiento de ser cuerpo creado también es transversal a todas las celebraciones de este evento astronómico ancestral. En la sabiduría de estas celebraciones la espiritualidad es la vida, es un conocimiento que va del corazón a la mente y de la mente al corazón, esta presente en cada rincón de la naturaleza donde palpita el espíritu de la vida; con el cual se era capaz de conversar; se hablaba con la tierra y el cosmos, con los espíritus que habitan las plantas, los animales, las montañas, los ríos, las cascadas, con la luna, con el sol, con el arcoíris. La espiritualidad para estos pueblos es intrínsecamente es una actividad social, cultural que ayuda a redescubrir la profunda alegría de la existencia; y no un ejercicio solitario de una relación solitario de mi persona con la divinidad. Por eso la espiritualidad es una responsabilidad familiar, de la comunidad, de sus ancianos y de sus jóvenes, de mujeres y hombres; en una comunidad cósmica.

Cabe señalar que, para la cosmovisión amerindia, el tiempo es cíclico, se destruye y se renueva constantemente, tanto en el día y la noche, como en las estaciones del año y los grandes ciclos universales, mientras que también es dualista y fatalista. Sin embargo, ninguno de estos aspectos logra empañar o ensombrecer la necesidad de equilibrio en el mundo y la acción poderosa del hombre en los sucesos del mundo. Así todos los ritos y celebraciones que hemos descrito antes cuentan con ambas características: todos buscaban la búsqueda del equilibrio entre todos los planos, entre todos los seres, mientras que a la vez los ritos y ceremonias de los hombres eran de suma importancia, y no un accesorio, puesto que para la creencia amerindia; de no realizarlos el equilibrio se perdía. Así, la potencia del hombre en sus actos y en su relación con lo sagrado colaboraban en la creación y en la construcción del mundo.

Además, la crudeza que podemos experimentar con los sacrificios humanos de Mesoamérica, especialmente los niños entregados en el culto a Tlaloc, o la mutilación de la danza del Sol de las tribus norteamericanas, tiene un sentido mucho más allá del sacrificio como lo entendemos hoy en el mundo occidental. Para ellos, las victimas eran voluntarias; y no había nada mas sagrado que entregarse a la deidad por el bien de la comunidad y del mundo. Y no se entregaba cualquier cosa, se sacrificaba lo más sagrado, la vida de un hermano; porque nada tenía más valor para ellos que la vida humana.

Todas estas razones, nos llaman a nosotros como católicos americanos a volver a redescubrir nuestra intima relación con la sabiduría indígena, y a promoverla, y a aprender de ella. Ya no con la mentalidad religiosa del pasado, sino de la de un creyente del siglo XXI, capaz de mirar con profundidad. Es por este que para los pueblos de América del sur ha comenzado un nuevo año, y debemos celebrarlo diciendo:

“Deuma afpule pun, mapuche mapu meu wengetuai itrovill monguen. Ka femngechi peumangen, wengetuai rakiduam, newen, ka kiñegün itrokom puche, Ka antü ñi mülerpuam doi küme monguen. Pewmangen küme we tripantu ngepe may!”

(Cuando la noche haya llegado a su tope final, la naturaleza dará paso a un nuevo ciclo de vida en el mundo mapuche, permitiendo renovar los sueños, esperanzas y compromisos hacia un futuro mejor para todos.

¡Espero que tengas un buen comienzo de ciclo!)

[1] “Niño Sol” porque era el día mas corto del año.

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