“Al final del camino me preguntarán: ¿has vivido? ¿has amado? Y yo sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres” (Pedro Casaldáliga)

Querida familia:
Comparto con ustedes la alegría de este día. He renovado mis votos religiosos en tierra azteca y Guadalupana.

Fue una gran fiesta de encuentro en torno al Dios de los pobres, que se hace carne, toma rostro en cada una de las personas que hoy la Iglesia me confía. El calor de la celebración estuvo aún más embellecida por la presencia de los albergados (enfermos y acompañantes) quienes con antelación participaron de la confección de los signos presentados en la Eucaristía; uno de ellos una silueta de la Virgen de Guadalupe, hecho con filigrana, donde cada una de las estrellas llevaba escrito las intenciones de los enfermos, como signo de cobijarse en el regazo de la madre.

Agradezco a las hermanas que estuvieron presentes: Hna María José Gay Miguel, animadora general, junto a Hna Florida Mukabideri, consejera general. Con el mismo cariño y gratitud también a Hna María Isabel Obregón y consejo provincial, así como a cada una de las hermanas que conforman mi comunidad.

Fue un día de renovar el compromiso con la Iglesia de los pobres, con los prójimos con los cuales hoy camino y forjo una historia común. En ellos cada día acontece la visitación, desde el encuentro doloroso entre las madres, pero ante todo en la «porfiada esperanza» de creer y esperar que siempre es posible la vida, a pesar de los claros-oscuros de las situaciones.

Me sigo encomendando a la oración hecha memoria de cada uno de ustedes con el firme compromiso de que están también en las mías; y, sobre todo, en la andadura común que nuestra América nos presenta.

 

Laura Lienlaf, cmt.

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