Estamos celebrando el segundo domingo de Pascua y en este día  la Palabra nos muestra dos cosas: que Jesús Resucitado viene a nuestro encuentro ofreciéndonos una vida nueva, y que nosotros no siempre estamos preparados para reconocerlo y acogerlo.

Lo primero: Jesús viene y lo hace ofreciéndonos paz, alegría, Espíritu, vida. Ésos son los signos de su presencia.

¿En medio de los dolores has conservado la paz?  Entonces te has encontrado con el Resucitado.

¿Has aprendido a gozar de las cosas simples de la vida con un corazón agradecido? Entonces te has encontrado con el Resucitado.

¿Has descubierto en ti fortaleza y esperanza cuando pensabas que ya no podías más? Entonces es que te has encontrado con el Resucitado.

¿Tu fe se ha apoyado y fortalecido en el compartir con los demás? Entonces te has encontrado con el Resucitado.

Cada día  es una oportunidad para reconocerlo y para participar de los frutos de  esa vida nueva que Él ha ganado para nosotros.  Cada día Jesús, el vencedor de la muerte, el liberador, el que nos ha rescatado, sale a nuestro encuentro esperando que lo reconozcamos, lo aceptemos y lo hagamos Señor de nuestra vida, de nuestra historia, y como Tomás, le digamos desde el fondo del corazón “Señor mío y Dios mío”.

Lo segundo: no siempre pasa así. Demasiadas veces vamos por la vida como este discípulo, desconfiando,  buscando pruebas, queriendo seguridades, tratando de hacer nuestro propio camino sin contar con la experiencia y el testimonio de los otros, y entretenidos en eso no somos capaces de reconocerlo viniendo a nuestro encuentro y nos perdemos la oportunidad de recibir lo que nos ofrece.

Pero el Señor nos tiene paciencia, infinita paciencia, como la tiene con Tomás, porque  Él sabe cómo somos y el momento en que cada uno está, y porque Él es un Dios de amor y misericordia y se compadece de nosotros. Y esta misericordia de Dios es también  motivo de celebración especial este segundo domingo de Pascua.

El Papa Juan Pablo II instauró esta fiesta en honor de la Divina Misericordia y estableció que fuese celebrada en estas fechas. Unámonos a la Iglesia universal en esta celebración, demos gracias al Señor por amarnos así y con nuestra oración pidamos por las necesidades del mundo. Roguemos especialmente a su Amor Misericordioso que nos regale el don de la paz y la reconciliación.

sEÑOR MIO Y dIOSMIO

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