QUINTO DOMINGO DE PASCUA

En Canadá, país “desarrollado”  donde es común internar a los enfermos crónicos “para que los cuiden mejor” conocí un matrimonio salvadoreño que con su vida anunciaban el evangelio de hoy “La señal por la que conocerán todos que son discípulos míos será que se aman unos a otros.»

La esposa estaba postrada debido a un accidente vascular y su esposo, don Luis, la cuidaba. Esta pareja vivía en un departamento y la lavandería del lugar era común. Un día bajó el esposo  con las sábanas y otras prendas para lavar  y mientras estaba allá escuchó a dos vecinas del edificio hablando de ellos. Una decía: Yo no sé por qué don Luis se sacrifica tanto si en este país podría llevarla a un hogar donde se la cuidarían y así el no trabajaría tanto. La otra le contestó: recuerda que son cristianos. Ellos viven diferente.

Y esta es la clave. No se trata sólo de amar sino de la manera de amar, el modo concreto de expresar ese amor que sentimos, ese modo que nos señala hoy el Señor: “Como yo lo he amado, ámense también ustedes” “Como yo los he amado…”  ¡Ésta es la manera!

Y si  amamos como Jesús nos ha amado nuestro amor a los demás tendría que ser un amor:

Gratuito, que se derrama en acciones de bien para los otros sin esperar nada a cambio.

Sincero, que busca,  dice y anuncia la verdad aunque con eso arriesgue la fama, el honor e incluso la vida.

Valiente, que supera los propios miedos y barreras por acudir en auxilio del otro, como decir desde el corazón “No se haga mi voluntad sino la tuya” en el huerto de Getsemaní, en la hora del dolor.

Humano como sus lágrimas en la tumba de Lázaro.

Arriesgado, capaz de romper los esquemas para ser fieles a Dios y a los hermanos, como curar en sábado.

Liberador, como pasó tantos endemoniados y encadenados por el pecado.

De detalles, a Él le importa todo de la vida de todos, por eso escucha los gritos del ciego de Jericó y ve en el corazón del joven rico.

Que engendra vida, como pasó a la hija de Jairo, al hijo de la viuda de Naím y la Samaritana.

Que dignifica al otro, como hizo Jesús con la mujer adúltera y el endemoniado de Gerasa.

Que crea comunidad, como pasó con los primeros discípulos y discípulas y luego con la Iglesia.

Que perdona de verdad, como hizo Jesús contigo y conmigo en la cruz “Padre perdónalos, porque no saben lo que hacen”.

Que suscita cambios reales en la vida de la gente, como  el caso de Zaqueo, de Mateo, de Pedro.

Que se proyecta al futuro alcanzando otras generaciones, la nuestra, las anteriores y las que vendrán.

Que nutre al otro en el cuerpo y el espíritu, como la multiplicación de los panes y las Bienaventuranzas.

Que es capaz de despertar preguntas profundas en las personas, como pasó con Nicodemo.

Y podríamos seguir llenando páginas y páginas de la manera de amar que tuvo y tiene Jesús, desde la historia, desde nuestra propia experiencia y la experiencia de quienes nos vamos encontrando en la vida.

Lo cierto es que si amamos como Él, se nos va a notar, como a don Luis, en lo cotidiano de la vida, en las decisiones que tomamos, en la manera de vivir los  compromisos que libremente asumimos.

Digamos desde lo hondo del corazón en este quinto domingo de Pascua: Señor, enséñanos a amar como tú amas.

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