“El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz, habitaban tierra de sombras y una luz les brilló”  (Is 9,1)

Es de noche, brillan las estrellas, hay un gran silencio alrededor, y en una cueva en las afueras de Belén acontece el milagro infinito de amor por cada uno de nosotros: el Hijo de Dios toma nuestra carne frágil y se hace nuestro hermano… Dios se hace nuestro hermano…

Esta noche milagrosa  somos incorporados en el misterio glorioso de la Trinidad y sumergidos en la corriente de amor divina de nuestro Dios Familia. Hermanos de Cristo, aprendices del amor trinitario. Por pura misericordia de Dios se abren las puertas del cielo y la salvación para la humanidad…

Por esta realidad maravillosa es que cantamos gloria, nos emocionamos, nos volvemos unos a otros para mirarnos a los ojos y descubrir que allí, en el fondo de nuestras entrañas, habita todavía  un amor puro, fraterno, solidario, generoso, misterioso.

Somos hijos e hijas muy amados, hermanos y hermanas salvados. Y nuestra existencia e historia está llena de señales que nos muestran esta verdad, sólo hay que limpiar la mirada y el corazón para ver los muchos signos de que Cristo ha nacido y está naciendo, que ha venido y habita entre nosotros… ¿Cómo no descubrirlo viniendo cuando en esta noche santa se detienen las guerras, se reconcilian los enemistados, se reúnen los alejados, son acogidos los peregrinos, se comparte el pan y nos abrazamos con un corazón lleno de paz y sereno gozo? ¿Cómo no reconocerlo si esta noche nuestro corazón desborda bondad, pureza, hermandad y perdón? ¿Cómo no descubrirlo sosteniendo silenciosa y misteriosamente el devenir de la humanidad en tantos sentidos convulsionada?

Un niño frágil, en su cunita de pajas, es capaz de sacarnos de nuestros intereses, quehaceres e inercias  para arrodillarnos ante el misterio… para adorar… sobrecogidos ante lo inentendible de un amor así de grande, así de generosos, así de gratuito… Dios, nuestro grandioso Dios, se hace uno de nosotros por amor… Sí, somos hijos e hijas muy amados, soy amado…soy amada… Y nada ni nadie puede quitarme ni robarme ese amor divino e infinito. Y pueden inventar mil teorías para decirnos que Dios no existe, sin embargo nadie puede desdecir la historia: Jesús nació en Belén, el Hijo de José y María, vino para enseñarnos que tenemos un Padre que nos ama, para morir por mí en la cruz, para resucitar y regalarme la vida eterna. Por eso lo amo, lo adoro, lo alabo y le agradezco; porque a mí la salvación y el amor divinos no me cuestan nada, porque sólo basta con acogerlo en mi vida para que todo ese amor se derrame a torrentes y trasforme mi vida según su plan.

Por eso mi Salvador divino,  te amo, te adoro, te alabo, te agradezco.

NIÑO JESUS 4

Imprimir