“Preparen el camino del Señor, enderecen sus sendas; que se eleven los valles y desciendan los montes y colinas, que lo torcido se enderece y lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios” (Lc 3, 4-6)

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En este segundo domingo de adviento se nos invita a prepararnos para acoger al Señor que viene, a hacerle espacio en nuestra vida de modo que pueda llenarnos con su ternura y amor. Sin embargo, miro nuestro mundo y eso parece a veces tan distante. ¡Estamos tan ocupados en tantas cosas! ¡Hay tantos montes y colinas que rebajar, tantos valles que elevar, tantos caminos que enderezar!
Pero, adviento es un tiempo de esperanza y de cambio, un tiempo para creer con profunda fe que, que en Dios y con Dios, todo puede ser mejor, y que no importa lo que veamos, no importa lo que escuchemos, los creyentes sabemos en fe y en el corazón, que Cristo viene, y con Él, la justicia y la paz, la fraternidad y el perdón, la luz y el amor. Por eso podemos creer y esperar que un día las noticias nos hablarán de solidaridad, de alegría, de pueblos que trabajan juntos, de familias unidas; creemos y esperamos que un día los periódicos llenarán sus primeras páginas con fotos de pueblos en reconciliación, de gente cuidando el planeta, de una sociedad que ama y cuida sus ancianos…; creemos y esperamos que se publiquen muchos libros que hablen del inmenso y gratuito amor de Dios encarnado en esos miles de hermanos y hermanas que, desde el silencio, hacen el bien entregándose y dedicando tiempo y energías en servir a los demás…creemos y esperamos que la alegría y esperanza de los más pobres contagiará a la humanidad.
Hace unos años trabajando con los migrantes hispanos en Canadá en tiempo de adviento, cuando repartíamos canastas familiares a los recién llegados, visitamos una familia mexicana, el papá, la mamá y dos lindos hijos, una niña y un niño. Vivían en una habitación con un sillón grande que hacía de cama para todos, dos cajones que hacían las veces de silla, una mesita de terraza, y pegada en el muro una tarjeta de navidad con la escena del pesebre de Belén… Cuando entramos hicimos un comentario sobre lo bella que era esa tarjeta, la pequeña niña como de cuatro años me dijo, en su correcto modo y acento mexicano: “Es que ya se acerca la Navidad Madre”. Allí estaban felices, en una habitación casi vacía, teniéndose sólo unos a otros, un poco de ropa, unas poquitas cosas de comer y la tarjeta de navidad pegada en el muro como pesebre…Allí lo más importante en su preparación a Navidad: el amor, la comida escasa y Dios…Sin duda había mucho espacio en esa pieza, pero mucho más espacio estaban haciendo para Jesús había en sus corazones pues en ellos encontramos alegría sincera, una paz profunda, esperanza en el salvador que venía… Habían allanado la superficialidad de los preparativos de navidad, habían elevado los valles del amor familiar, había enderezado las motivaciones de su alegría en este tiempo… esperanzados en la llegada del Niño Jesús, estaban experimentando “con el corazón y la fe” que el Salvador se acercaba. Esta familia había hecho espacio a “esa otra Familia” en el corazón de su hogar y sus corazones.
Vayamos haciendo espacio a Jesús nuestro Salvador en estas semanas que faltan para la Navidad; entre la lista de compras y regalos, entre las luces y guirnaldas, entre los preparativos de viajes y cenas, busquémosle un lugar a nuestro Dios. No necesita un espacio muy grande, sólo lo justo para que quepa la cunita de pajas donde viene a nacer. Despojémonos de todo aquello que nos distrae del verdadero sentido del adviento, dejémonos contagiar de la alegría y esperanza de los más pobres para poder decir a Dios, con la misma ilusión y brillantes ojos de aquella niña mexicana, “Nos estamos preparando porque ya se acerca Navidad, Padre”.

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