Elías, profeta
Moisés y Elías tienen un valor capital en la historia de la primera Alianza.
Dios se había revelado a Moisés en el Sinaí (montaña santa) para sellar con él y con el pueblo la Primera Alianza (a través de las tablas de la Ley)
La manifestación de Dios a Elías tiene también como objeto la Alianza, pero en cuanto restauración y purificación. Elías sube al Horeb para encontrarse allí con Yahvé y recibir de Él personalmente fuerzas y luz para defender y reconstruir la autenticidad de la Alianza.
Las dos teofanías del Sinaí están inmediatamente ordenadas a la Alianza Primera: Moisés es el gran legislador por cuyo medio la Alianza se sella; Elías es el gran profeta por cuyo medio la Alianza se purifica.
Moisés representa a la Ley, Elías a los profetas.
El nombre, Eli-yahu, significa “Mi Dios es Yahvé”.
Está completamente absorbido y transformado por el pensamiento de que Dios es Dios, y nada puede parangonarse a Él, nada puede resistir a Dios.
Elías es, por excelencia, el profeta de “Dios solo”, el defensor de la verdadera religión contra la idolatría.
Podría pensarse la idolatría como una realidad del pasado; sin embargo, ésta es, siempre, la grande y amenazadora alternativa al Dios viviente.
Un teólogo italiano, Enzo Bianchi, afirma que:
“La verdadera alternativa frente a la que es puesto todo hombre es y seguirá siendo la aceptación del Dios viviente a través del servicio obediente a la fe, o el rechazo de él con la consiguiente aceptación del servicio a los ídolos falsos.”
Luego explica cómo quizás se acostumbra a hablar de fe en Dios o, al contrario, de ateísmo, mientras que lo que debe ser principalmente temida es la idolatría por¬que cualquiera que rechace al verdadero Dios cae, de un modo u otro, en la adoración de los ídolos.
El combate de Elías es actual: “La palabra de Dios formula un juicio claro y neto.
No hay ateos y pueblo de Dios, sino idólatras y creyentes, tentados también de idolatría”. (card.Martini)
El desafío para los creyentes, es siempre la tentación de la idolatría. En este sentido, la figura de Elías ayuda a desenmascarar a los ídolos que tanto más tientan cuanto el esfuerzo por adorar al verdadero Dios es más fino, más puro, deseoso de que sea auténtico.
La idolatría es toda forma de culto hacia realidades que no son Dios y que intentan engañosamente ocupar su puesto. Reali¬dades quizá camufladas de algo divino, de espirituali¬dad, de religiosidad.
Señalamos el tema de la idolatría, para subrayar la actualidad del profeta de Tisbe, que invita a limpiar el propio interior para amar y adorar a Dios solo.
Los dos libros de los Reyes nos ofrecen siete relatos, un poco autónomos, que hablan de él:
– La sequía y el encuentro con la viuda de Sarepta. (1Re 17)
– El juicio de los cuatrocientos profetas sobre el monte Carmelo, episodio muy conocido e impresionante.
(1Re 18,20)
– La teofanía sobre el Horeb, relato que probablemente hemos meditado muchas veces. (1Re 19,9)
– La vocación de Eliseo, que en sí misma forma ya parte del ciclo de Eliseo. (1Re 19,19)
– El asesinato de Nabot y la reprimenda del profeta a Ajab, que nos presentan otras fuertes características
de Elías. (1Re 21)
– El oráculo del rey Acazías.(2Re 1)
– El rapto al cielo.(2Re 2)
Se trata de perícopas narrativas bastante desligadas entre sí.
No hay una descripción demasiado precisa de Elías; se capta más bien un espíritu.
Este profeta de las montañas es como un fuego, como un rayo, como un terremoto, y desaparecerá del mundo en un carro de fuego, en la potencia de aquel elemento que había marcado su vida y transformado su palabra en antorcha encendida.
La figura de Elías invita a contemplarlo, preguntándonos:

¿Qué revelación del Dios viviente me es dada en este hombre extraordinario?

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