La fuente de esperanza, de sentido y felicidad en esta vida es vivirla desde Dios y con Dios, pues sólo Él puede mostrarnos el camino y sostenernos en él, sólo Él puede ayudarnos  a desentrañar el significado profundo y muchas veces misterioso de lo que vamos viviendo a nivel personal, de sociedad, de humanidad.

¿No son  acaso un misterio  la vida, el dolor y la muerte? ¿No es acaso un misterio la capacidad de amor de una madre y de un padre? ¿Y la capacidad de perdón y reconciliación? ¿Y la fortaleza de levantarse una y otra vez de los fracasos, los sufrimientos y el pecado? ¿No es acaso un hondo y bello misterio el sabernos hijos e hijas amadas de Dios? ¿Quién puede explicarnos el por qué de esta verdad sino el mismo Dios? No muchos de nosotros podemos explicar el gozo y la paz que producen el “morir para vivir” de que nos habla Jesús, ni el poner la otra mejilla, o perdonar a los enemigos o juntarse con los rechazados y marginados de la sociedad, o romper las reglas sociales para ir en ayuda del necesitado.  Pero ésta es la forma de vivir a la que nos invita el Señor: de acuerdo a sus pensamientos y recorriendo sus caminos, y esto implica para nosotros un desafiante camino de conversión, porque como dice la  primera lectura de Isaías 55,6-9:

“Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, sus caminos no son mis caminos, dice el Señor.
Porque así como aventajan los cielos a la tierra,
así aventajan mis caminos a los de ustedes y mis pensamientos a sus pensamientos”.

¿Queremos vivir “entendiendo” ? Busquemos al Señor, invoquémoslo, porque “cerca está el Señor de los que lo invocan, de los que lo invocan sinceramente” (Salmo 144)

Unas veces lo buscaremos, otras tendremos que dejarnos encontrar por Él y seguirlo.

El evangelio de hoy (Mt 20, 1-16) nos dice que un propietario salió a buscar trabajadores al amanecer, a media mañana, a mediodía, a media tarde y al caer la tarde y siempre encontró personas dispuestas a ir a trabajar  a esa viña. Se dejaron encontrar por ese dueño y su invitación le dio contenido y sentido a la jornada.

Así nos pasa con Dios. Él siempre está saliendo a nuestro encuentro en “la plaza de cada día”  para ofrecernos “ir a su viña”, ir con Él.

Tantas veces estamos como esos trabajadores “esperando” sin saber muy bien qué o a quién y Dios, de muchas maneras, se hace presente, viene a nuestro encuentro y nos invita.  Y puede encontrarnos diligentes y dispuestos, como estos trabajadores, o tal vez ya desesperanzados y desganados porque la jornada de la espera  ha sido larga y estamos cansados.

Pero… ¿Queremos, desentrañar el significado profundo y muchas veces misterioso de lo que vamos viviendo? ¿Necesitamos encontrar esperanza, sentido y felicidad en esta vida? Entonces no sólo busquemos a Dios  sino también dejémonos encontrar por Él; invoquémoslo pero también aceptemos su invitación, su propuesta, su camino.

Buscar a Dios y dejarse encontrar por Él es la manera de hallar lo que buscamos y anhelamos, pero es un camino sólo para valientes, para arriesgados, para diligentes, Cuando Dios encuentra corazones así, entonces  nos regala el denario completo, porque Él es bueno, porque Él nos ama.

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