A la llamada de este Cristo sigue la Carmelita Misionera Teresiana. Somos mujeres de experiencia de encuentro y enamoramiento, que respondemos con nuestra vida entera al amor de la Iglesia amándola completamente y sin reservas:

Te amo, tú lo sabes; mi vida es lo menos que puedo ofrecerte en correspondencia a tu amor (MR III, 2). Ya no soy cosa mía; soy todo de ella (…), vivo y viviré por ella, vivo y moriré por ella (MR 1,29). Francisco Palau OCD

 La clave de toda nuestra vida espiritual es el encuentro con Cristo vivo en su Cuerpo Místico, con la Iglesia. Para nosotras, hijas de Francisco Palau fiel discípulo de Santa Teresa, para quien “ser espirituales de veras es hacerse esclavos de Dios para que los pueda vender por esclavos de todo el mundo” (cf. Moradas VII, 4,8), el amor a Dios y el amor a los prójimos son la misma cosa, dos polos de una misma pasión. Y el amor se prueba a través de las obras: “obras son amores y no buenas razones” (MR 20,11). Las obras no son quehaceres sino los gestos del amor que responden a la inquietud que acompaña la vida y la búsqueda.

La Iglesia es la fuerza centrípeta que nos atrae a adentrarnos en el interior que es cada una de nosotras, y desde el encuentro con nuestro más profundo centro, LA TRINIDAD, encontrarnos con nuestros hermanos. Nos invita a permitirle al amor realizar su obra liberadora y descubrir que fuimos hechas para “amar y ser amadas” Solo en la medida en que reconozcamos y experimentemos el amor de Dios, podremos sentirnos plenamente libres, plenamente humanas, plenamente divinas, es decir poseídas por el amor.

Amor que cultivamos en nuestra oración, como dialogo amoroso y filial “trato de amistad con Aquel, Cristo cabeza de la Iglesia, que sabemos nos ama” y que se traduce en fecundidad misionera. Para esto sirve la oración para que nazcan obras, obras (cf VII, 4,6)

Nuestra manera de concretar este darnos por entero es a través de los votos de castidad, pobreza y obediencia. Son relación, encuentro y donación total a Dios y a los hermanos.

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