El elemento sustancial que define la doctrina teresiana es su manera de entender la oración y la experiencia meditativa-contemplativa con el amor. Y desde esta clave, colocando a la persona humana cara a cara con la realidad divina, se entiende la importancia que santa Teresa de Jesús va a dar al conocimiento de sí y que desarrollará esta parte del trabajo. Esta específica elección responde primeramente a la imposibilidad de un desarrollo más amplio debido a la complejidad y la falta de recursos tanto de datos como de tiempo. Por otra parte, se ha elegido el tema presente por la importancia de Teresa de Ávila en todos los sentidos de la mística, siendo Doctora de la Iglesia y la santa más venerada dentro de su familia, la Orden carmelita, que se caracteriza precisamente por haber albergado en su seno a los místicos más importantes de la Iglesia universal.

Cuando se habla de oración o de meditación, normalmente no se presta atención al conocimiento del propio yo, al menos de una manera explícita. Si se habla de éste, se piensa más en una realidad simplemente psicológica o de introspección personal. Sin embargo, el conocimiento propio del sí es un aspecto fundamental en el ámbito de la oración y la meditación teresiana. Según la propia Teresa, no hay posibilidad de avanzar en el camino si se prescinde de este elemento. Con esto no se quiere decir que para realizar la meditación haya de conocerse uno a sí, sino que el camino del crecimiento místico discurre entre dos sendas paralelas: cuanto más se crece en el conocimiento del sí, mayor es el grado de meditación que se alcanza; y viceversa, cuanto más se acerca la persona  humano a la realidad divina, mejor llega a conocerse.

El conocimiento del sí es uno de los elementos más originales en el entramado oracional teresiano, lo que le distingue de otros caminos de meditación que pretenden partir desde el olvido de sí mismo. Los pasos místicos de santa Teresa de Jesús hacen que el hombre se encuentre y descubra a sí mismo, de ahí que su camino oracional sea un camino profundamente humanizador. Es importante ver que incluso los aspectos más característicos de la vida cristiana, como el amor al prójimo, el desasimiento y la humildad, son solamente posibles desde el conocimiento de la propia persona. Esto implica, por tanto, que todo en la existencia depende de este factor, de manera que una relación auténticamente humana con el mundo, con los demás, dependerá del grado de conocimiento propio e interioridad alcanzados.

Para visionar la vivencia y la expresión de la experiencia mística de Teresa y lo que con ella confluye, como el progresivo desarrollo del conocimiento de sí misma, son esencialmente básico los primeros diez capítulos de su obra Libro de la vida. En estos, la santa revela la dinámica mantenida en su vida antes de la conversación. Desvela el secreto que le ha llevado a la misma, que no es otro que la toma de conciencia de quién es ella y quién es Dios. Este pensamiento es continuo a lo largo de todo el libro. Teresa plantea el libro desde su experiencia, que se constituye así en la fuente principal de su doctrina.

En cuanto a lo que cuenta Teresa, se descubre lo que algunos llaman el trato pedagógico de la realidad divina. En el Libro de la vida se ve cómo Dios, haciéndole ver su error, respeta siempre la libertad de Teresa. Es importante saber que Teresa escribió este libro desde una profunda madurez humana y espiritual, con unos cincuenta años, y por tanto es lógico pensar que redescubre su historia con una mirada teologal agradecida, capaz de descubrir el obrar positivo de lo divino en su vida.

La lógica teresiana resulta evidente al afirmar que nadie puede dar lo que no tiene y no sabe. Pero todo ello se inscribe en una lógica mayor: nadie podrá acercarse a lo divino si antes no considera quién es él mismo y quién es Dios en su vida. Como afirma el obispo de Jerez, José Mazuelos, “dime en el Dios que crees y te diré el hombre que eres.”

Detrás de la insistencia y la importancia que Teresa da a este aspecto se esconde una concepción del ser humano en clave teologal y positiva. Teresa parte del principio, fruto de su propia experiencia, de que Dios habita en el centro del alma y que por tanto el humano no está hueco por dentro, sino habitado por lo infinito. Teresa, es por esto, una gran humanista, convencida de la gran dignidad del ser humano, que para los judíos y los cristianos es imagen y semejanza de Dios.

Más que ofrecer una visión histórica, Teresa expresa las vías del propio conocimiento y desde ahí subraya quién es verdaderamente Dios en su vida. Se trata de un camino discontinuo entre el conocimiento y el reconocimiento de sí, que no se hace realmente efectivo hasta que Teresa no se define determinantemente por la oración, es decir, por el proceso místico que vivió.

Cuando Teresa habla del conocimiento del yo no piensa en una realidad simplemente cognoscitiva y psicológica. Ni siquiera parece importarle de modo inmediato recabar la importancia de este aspecto para el equilibrio psicoafectivo de la persona. Todo ello se presupone. Y aquí radica la genialidad de la oración y meditación teresianas, que sin tener unas competencias científicas de lo que constituyen las bases de un crecimiento armónico de la personalidad, su experiencia mística de Dios le abre los ojos frente a esa realidad, de tal modo que su mística descubre aquí un factor que no le hace abstraerse de la realidad humana, sino que la asume, la presupone y la encamina hacia la plenitud.

El conocimiento propio en el que con gran fuerza insiste la santa es descubrimiento y toma de conciencia de la propia realidad esencial y existencial. Aún centrando la mirada sobre el yo, el conocimiento del sí es el presupuesto que lleva a romper con el egoísmo y ensanchar el panorama del propio mundo de la alteridad. Por supuesto, no se trata aquí de un conocimiento de sí que desemboca en el narcisismo. Es todo lo contrario, un conocimiento de sí que se abre al infinito del misterio de un Dios que es el único capaz de desvelar el inquietante misterio del hombre, que ha tenido siempre integrada la mente del pensador, filósofo o no, que busca un sentido o razón de ser a la existencia del hombre.

Normalmente, al hablar de humanismo teresiano se piensa más en las actitudes externas: simpatía, apertura, jovialidad, recreación, atención por los enfermos y necesitados… Y, en cambio, el auténtico humanismo radica en los elementos que constituyen la base de la maduración de la persona, y base de todo ello es el conocimiento de sí. Cuanto Teresa habla de este conocimiento del yo está pensando principalmente en una verdad teologal que da sentido y razón del ser y del existir del hombre: su auténtica naturaleza, que sólo se explica con su origen divino. Los otros elementos que configuran la personalidad no son más que consecuencia de ello.

En la experiencia mística de santa Teresa se descubre subrayadas dos vertientes de la compresión teologal del hombre: por una lado la propia miseria, y por el otro, la altísima vocación a la que las personas han sido llamadas desde su creación y el gran amor que Dios les tiene. El conocimiento de sí crea en la persona una dinámica de conversión, de apertura y de reconocimiento frente a la propia verdad que define al hombre, y por eso encierra en sí un  profundo carácter de realismo ascético.

(FUENTE: psicologiaymistica.wordpress.com)

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