En estos días que estamos en visperas de la fiesta del jesuita San Alberto Hurtado es importante relfexionar sobre uno de los mayores legados que su vida dejó a la iglesia chilena; la solidaridad.

Solidaridad es una preocupación por el otro que se traduce concretamente en un hacerse cargo de él, hacerse responsable del hermano. Hablaremos de “cultura solidaria” más que de acciones o gestos solidarios, comprendida como una necesidad social construida desde la empatía. Desde el punto de vista ético, la solidaridad es la síntesis entre el amor y la justicia. Lo que lleva consigo vivir con fuerza la opción preferencial por los pobres.

Tomamos como eje central que la solidaridad se construye a partir de la empatía y se hace realidad en el compartir. La empatía ética es la capacidad de sentir y asumir la condición humana como una responsabilidad entre todos, y, por ello, implica la vulnerabilidad frente a las necesidades ajenas. El interesarse por el otro significa participar con él, al sentirse formando parte de su vida. La empatía se hace auténtica en la medida que se haga disponibilidad para compartir, sea a nivel de recursos materiales, como también de los recursos humanos.

 

“Pero el cristianismo auténtico(..): es la religión de los hermanos que se sienten responsables de la salvación de sus hermanos; es el amor de Cristo por los demás que los lleva a buscarles todos los bienes, sobre todo el gran bien de la fe; es la responsabilidad de una vida consciente de la parábola de los talentos, que impone a cada uno trabajar en la medida de la luz que ha recibido” (San Alberto Hurtado).

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