Entre las plantas odoríficas que son estimadas y esmeradamente cultivadas en los jardines y terraplenes, la albaca tiene la preferencia. Su flor no tiene estima, pero va adjunta a la viola morada y con ella forma ramillete.

La soberbia entumece y exalta al hombre y le coloca en un lugar que no le corresponde, pretendiendo hacerle pasar por lo contrario de lo que es y ostentando lo que no tiene. Para no perecer envenenado por el hálito pestífero de esta infernal cabeza, necesitamos una virtud que ponga freno a nuestros deseos y apetitos de honor, gloria, dignidad y grandeza mundana, sea material o espiritual, y ésta es la humildad. La albaca, si nadie la comprime, pisa ni toca, si el viento no la agita, no perfuma el jardín; pero si las dan contra ella, si va entre pies, si prensan sus hojas, entonces es cuando da su olor y nos muestra la suavidad de sus perfumes: tal es el verdadero humilde.

Busca en tu alma la humildad verdadera. ¿Te complaces en ser lo que no eres? ¿ostentas lo que no tienes? ¿deseas ser ante los hombres lo que no eres delante de Dios? ¿apeteces glorias, honores y grandezas vanas? Si así fuese, eres soberbio como los demonios… Siéntate en el lugar más bajo, sea tu dicha ser tratado como merece un vil pecador: alégrate en las afrentas, devora y come con gusto y buen apetito los desprecios y los oprobios, y, al poner hoy en manos de María tus propósitos, dile:

Humildísima y purísima Virgen:
Yo acepto de buena voluntad,
como cosa merecida y debida,
todos los desprecios, afrentas y humillaciones que me vengan,
de cualquier parte que procedan.
Yo no quiero pasar sino por aquello que soy,
y soy un pobre y miserable pecador.
Recibid, Reina mía,
este mi ramillete como emblema de mi humildad.

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