El jacinto, el junquillo, las varas de san José, todo esto forma una misma familia; pertenece a los lirios. Por la noche y las mañanas dan un olor muy fino y fuerte. Tiene cabeza y varita como la justicia.
Debemos a todos nuestros benefactores gratitud. Esta virtud es una buena disposición de ánimo que nos mueve a dar muestras de agrado y de reconocimiento a todos aquellos de quienes recibimos un favor. Debemos gratitud a Dios, a su santísima Madre, a nuestros padres, a nuestros maestros y a todos los demás que nos favorecen en lo espiritual y material.

Piensas en los beneficios que estás continuamente recibiendo de Dios? ¿los conoces? ¿los meditas? Te ha criado, te ha redimido, te ofrece su amor, su gracia y los dones del Espíritu Santo, te promete la gloria, te da la vida, la respiración y el movimiento y cuanto tienes de bueno. Por estos favores ¿qué le dices? ¿le bendices, le das gracias y te le presentas agradecido? Si con Dios eres ingrato, un ingrato merece se le retiren los favores. Mira bien cómo está en tu alma esta virtud, plántala, trasplántala, riégala, cultívala, y al cogerla y presentarla a María le dirás:

 

Reina de los cielos:
Yo os ofrezco el jacinto:
recibid la flor que me pedís.
Yo propongo, yo me obligo,
yo me resuelvo a ser agradecido a Dios y a Vos;
a Dios, por los beneficios de la creación,
de la redención y de la vocación y demás que recibo cada día;
y a Vos, por haberos dignado tomarme por hijo vuestro.
Aceptad estos mis propósitos, y haced que sean eficaces.

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