Este relato forma parte del proyecto: «Los poetas sociales de nuestra América. Descubriendo la bella esperanza al estilo palautiano». Estas son una serie de historias de vida, cargadas de sacrificio, esperanza, con sabor a fe; que el Equipo Provincial de Pastoral Social se encuentra trabajando durante este tiempo.

La gallina y los pollitos.

“…y en el diario no hablaban de ti”..

La tarde se estaba tornando; antes de la primavera; en un verano. Apenas un soplido del viento pretende calmar el fuerte sol. Ella está barriendo la vereda; unos cuantos jóvenes jugando en una moto rompen el silencio de la siesta. Nos hace señas para que pasemos. “Mucho gusto, soy Luisa”. Le extiendo la mano, pero de pronto le digo: “no importa que estemos en cuarentena”, y nos dimos un abrazo. “Si, nos dimos un abrazo”.

Inmediatamente nos invita a pasar al patio de una casa que no llega a ser una vivienda común. Seis muchachas nos esperaban y Luisa nos invita a sentarnos. “Hola chicas“ y ellas respondieron el saludo presentándose cada una. Por otro lado, una gallina y sus pollitos paseaban por el patio. “Pronto serán cazuelas” dijo alguien invitando a una sonrisa cómplice.  “Todas ellas son trabajadoras sexuales y me ayudan a cocinar” nos contó Luisa;  a cargo del comedor “El ángel” y ella también es conocida como “La Gitana”.

Luisa nos trae un vaso de agua y nos convoca a un pequeño cuarto, olor a cebollas y a comida. “Aquí cocinamos para doscientas cincuenta personas”. Nos sentamos; y ella; acomoda una silla frente a nosotros y comenzó a hablar.

Su relato era con palabras decididas a contar todo un calvario; toda una vida violentada y manoseada. “A los cinco años me entregaron para que un hombre “jugara” conmigo y así llevar comida a mi casa”. Terrible comienzo de una historia de vida; como de tantas; que ocurrieron sin que nadie lo sepa más que sus propios protagonistas. Mientras ella relataba la crudeza de su vida, pensaba que ni Cristo pasó por semejante tortura. Tal vez, este pensamiento, coronado por las espinas de las palabras de Luisa; sangraban cada escena de su vida construida a golpes, violencia, manoseo, violaciones, vejaciones, desnutrición, torturas, abandono, odio…..y nada de amor. Todo beso en su piel fue por violencia.

Fue sometida a violencia psicológica y a otras veces corporal para que no pusiera resistencia a su labor de calmar “desahogos” sexuales. Su vida; no la pudo escribir como la gente normal. Nada de caricias, besos y acurrucos. “Mi mamá era analfabeta y al que yo consideraba mi padre no lo era. Pero yo le decía papá….le tenía que hacer caso sino me golpeaba. Era alcohólico y nos pegaba. Nosotros nos poníamos alrededor de ella (su madre) para que no le hiciera más daño”.  Cada palabra que soltaba Luisa estaba pintada por la angustia de una vida que no mereció vivirla. Su forma de relatar los hechos nos metía en la escena de un calvario inimaginable.

A Luisa la entregaron por el odio, la mentira, la barbarie humana. Traicionada por los suyos fue llevada por distintos paisajes del escándalo de su existencia. “No podíamos decir nada sino nos castigaban. Nos llevaban a distintos lugares a trabajar y no podías decir que no”.

Ella no fue durante casi treinta años dueña de escribir su propia vida. Otros las escribían en el fango de los delitos contra la humanidad. “Una vez le dije que nos sentíamos mal y llamó a un empleado que comenzó a gritarnos y a violentarnos. Eso significaba para ella que perdía plata y clientes. De alguna manera tenía que trabajar”. Era ella y otras más que aprendieron a ser amigas en un contexto de horror. “Nos alimentaban con el resto de la comida. Con lo que sobraba”.

Alguien interrumpe el relato: “Las chicas ya hablaron por la radio. Estuvieron muy bien”. Ella se levanta y se acerca hacia la puerta para felicitarlas. Hicieron un reclamo porque el Ministerio no le da los alimentos para el comedor. Un día antes de esta nota se concentraron frente a la Casa de Gobierno; bajo amenazas para que no lo hicieran;  porque desde hace varios días no reciben la mercadería para llevar adelante el comedor.

Fue un minuto para el respiro. De acomodarnos y seguir agudizando el oído del alma. “Una vez tuvimos que dormir al aire libre, hacía frio, y estaba tirada en medio del campo. Así nos castigaban”. La Gitana; apodo sellado en su vida desde su infancia se lo puso la gente que la veía por las calles pidiendo sobas para comer su familia y ella; logró escapar engañando a un cliente. Su regreso no fue noticia ni siquiera para la familia. “Igual yo la quiero a mi mamá”.

Por momentos el silencio, era como una caída de Jesús. Tomaba fuerzas y continuaba con su cruel relato. Mientras tragábamos salivas ella nos miró y sonrió. Es como si de repente en el aire se dibujara algo que solamente Luisa podía ver y hacer sonreír. Pero fueron segundos. “Yo tuve una persona que me amó. Mi negrito. Después se enfermó y murió. Él me decía: mi negrita hermosa”. El milagro de la vida lo pudo vivir, aunque sea un momento. Se sintió amada y ella amó. Fue el hombre que la sacó de la oscuridad. Sus manos fueron las primeras en ser ofrecidas para erguir a una mujer y hacerla sentir la más maravillosa del mundo.

Ese instante de la vida fue la puesta en escena de Jesús y la Magdalena. Más que un castigo Magdalena fue destinataria de una palabra de amor. “Yo no te juzgo”.

Luisa fue y es una Cristo que sufrió los peores castigos desde niña. Ella es una Cristo. Murió y renació para volver a vivir. Elige vivir por el camino del amor, sin odios ni resentimientos. Pero no olvida. “Yo sólo quiero que mi hija haga la primera comunión y que sea catequista”. No hace falta ahondar en su deseo. Está claro.

Llegando al ocaso de su relato una de sus compañeras ingresa al cuarto para decirle que tiene que tomar el colectivo. “No se olvide de llevar mercadería. No salga a trabajar en la noche mire que el bicho (por el virus conocido como COVID) anda suelto. Por favor cuidesé”.

Una vida prostituida por el odio no la pudo vencer. Con el cuerpo destruido y el alma envalentonada decide seguir hacia adelante por amor a ella misma y a sus hijos. Su idea es vivir amando, dar amor, algo que nunca había conocido salvo con su “Negrito”. Ahora ella comanda el barco junto a sus compañeras para dar de comer a más de doscientas cincuenta personas. El comedor lleva por nombre “El ángel”. Tal vez porque tuvo ese ángel que le tendió la mano cuando nadie lo hacía; que la cuidó para que no se sumergiera en el abismo del terror. Ella hace de su vida un poema a la vida que le fue negada y que ella, sólo ella, la escribe. En cada verso hay una huella de dolor, pero cada estrofa es un canto al amor. Ella no es mezquina con el amor. Busca salvar a sus amigas para que salgan de la calle y construyan otra vida, esa que le fue negada. Hay una belleza de humanidad en Luisa. Sale al encuentro de los otros, que caminan por el abismo. Siente en su alma y en su cuerpo que tiene tanto amor para entregar. Le sobra amor, no hay lugar para el odio y el resentimiento. Para estar frente a ella “hay que sacarse las sandalias para pisar el suelo de ella”. Para despedirnos nos dimos un gran abrazo. Que nos perdone la cuarentena, pero ella y nosotros no podíamos mezquinar el afecto.

Al salir al patio, volví a ver a la gallina con sus pollitos. Ella marchando hacia el frente y ellos siguiendo sus pasos. La gallina se detiene para no perder a ninguno de los cinco. Revisa que estén todos y sigue su caminar.

 Guillermo Alejandro Bordón

 

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