Parafraseando el famoso libro de Gabriel García Márquez, “El Amor en los Tiempos del Cólera”, comenzamos estas palabras para referirnos, como buenas hijas e hijos de Palau, a lo que está sucediendo en estos días en nuestras sociedades.

Hoy pareciera que enfrentamos algo nuevo nunca visto en nuestro siglo. A pesar que años antes hemos vivido epidemias aún mas graves y con mayores tazas de mortalidad; como la H1N1, la gripe aviar o el SARS, lo cierto es que el COVID-19 es el primero que tiene una expansión completamente mundial y que afecta directamente a los más débiles y enfermos de nuestra civilización.

La emergencia sanitaria ha sido tal que ha llevado en muchos lugares del mundo a suspender las reuniones masivas de todo tipo, y no han sido excepción en éstas los oficios religiosos; se han cerrado iglesias y se ha promovido el #quedatencasa; con el fin de lograr que la curva de contagio se aplane, disminuyendo el número de casos lo más posible. En lugares como Italia, España, Argentina, Chile y México se han obtenido las dispensas necesarias para la ausencia en misa dominical, y en muchos otros países se comienza a tomar la misma medida; evitando así el error de la peste negra en la Edad Media, dónde el fervor religioso y la instrucción de la Iglesia promovieron el contagio, y muerte de un tercio de la población europea, en el siglo XIV.

Todo este contexto de emergencia sanitaria nos ha llevado a nosotros, los creyentes, a vivir la misa dominical por televisión o en transmisiones online por redes sociales. Sin embargo, esto lejos de ser un empobrecimiento de la celebración dominical se ha convertido en un tiempo propicio para dos razones primordiales: reconocer el llamado a redescubrir la misa desde la comunión espiritual, y sintonizar con el sentido activo de la Eucaristía; el servicio y cuidado de todos.

La misa como tal se centraliza en la comunión sacramental con Cristo. Y no se puede desmentir eso, pero es importante señalar que la comunión espiritual siempre ha estado con nosotros desde el bautismo, y en la historia de la Iglesia, previo al Concilio Vaticano II, tenía mucho mas espacio en las celebraciones, cosa que se modificó para realzar la centralidad de la comunión sacramental. Pero ¿Cómo definimos esta comunión espiritual? Como ese deseo ardiente de unirse y recibir a Cristo Eucaristía que nos permite hacer comunión con él, y con su Iglesia, a pesar de no recibirlo sacramentalmente. Generalmente en nuestras celebraciones, vemos esta práctica orientada a quienes no pueden o no se sienten preparados para comulgar la hostia consagrada, pero es mucho mas que eso.

La Comunión espiritual no es un premio de consuelo a la comunión sacramental, ni tiene un segundo lugar en términos de la unión con Cristo y su Iglesia; pues desde una mirada práctica de nada sirve recibir el Cuerpo y Sangre de Cristo, si no entras con ese acto en contacto profundo con Cristo y su iglesia en el interior de tu corazón, y este segundo paso requiere ineludiblemente de la comunión espiritual. Muchas veces se ha malentendido que la comunión sacramental lo es todo; y es cierto que es lo central de la Eucaristía, pero se complementa con la Liturgia Eucarística, y se nutre de la comunión espiritual. Y hoy, viéndonos impedidos de recibir a Jesús-Iglesia por esta pandemia, es la comunión espiritual la que nos permite unirnos y enraizarnos en Cristo; y con este acto estar en comunión profunda con la humanidad de igual forma que lo hiciéramos sacramentalmente, sin un grado más o un grado menos; y ojo, que es la unión con la humanidad y no solo con los bautizados, porque Dios se hizo hombre por todos y cada uno de los que han pisado esta tierra.

Esta comunión espiritual es el fuerte llamado de hoy que nos invita a vivir y redescubrir nuestras celebraciones no como un rito dominical vacío por televisión, radio o redes sociales, sino como una experiencia de Iglesia-humanidad; y nos permite empatizar con todos los que semanalmente no tienen la posibilidad de comulgar como nosotros; los que viven aislados de sus poblados  y no pueden recibir la comunión cada domingo; los que haciendo uso de su libertad, al no sentirse preparados para comulgar, se privan de ella; los que se encuentran impedidos por enfermedad de asistir a misa, y más aún, a quienes se les ha prohibido recibirlo. A fin de cuentas, más allá de la pena que puede ocasionar para algunos no asistir a la misa dominical; el llamado a cuidar a otros, a quedarse en casa, es también un llamado a ser más humanos, a estar aislados socialmente pero no separados espiritualmente; ¿O acaso en estos días no han sentido dentro en su oración a todos quienes desde nuestros hogares estamos también pensando en ustedes?

Pero este unirnos, no se refiere solo a lo espiritual, entendido como separado del mundo real y cotidiano. Es un error entender lo espiritual y lo místico como opuesto a la acción; pues ambos ni siquiera son complementarios, sino que se encuentran plenamente enraizados uno al otro. Es por esto por lo que estamos hoy también invitados a redescubrir la Eucaristía como servicio; así como cuando Jesús, con una toalla y un lebrillo, lavó los pies de los apóstoles en la última cena, así también nosotros hoy cuidamos y servimos a los demás; autocuidándonos, quedándonos en casa, protegiendo a los débiles y enfermos de contagiarse, sirviéndolos para que vivan y venciendo así, en la caridad, la selección natural que nos impone esta enfermedad.

Por último, no olvidar que nuestra celebración es una doble cena, tanto comunión sacramental como de la Palabra; y este es el momento propicio para recrearla en la palabra que nutre, más aún en este contexto de aislamiento social en pro de evitar las muertes y controlar esta enfermedad.

Quizás esta no sea la primera ni la última vez que tengamos que experimentar una situación como esta, pero la posibilidad de adaptarnos y redescubrir lo central es lo que nos permitirá seguir sirviendo al mundo; a la humanidad, más aún desde nuestra esencia carismática de ser palautianos.

La imagen al final de este articulo, quizás refleja mejor que todas estas palabras a lo que me refiero.

 

Lando Carvallo, Equipo de Espiritualidad de América

Villa Alemana, Valparaíso, Chile.

 

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