DOMINGO DE RAMOS

En este domingo contemplamos a Jesús entrando en Jerusalén. Es una escena plena de vida; hay mucha gente, están felices por la llegada de Jesús, y lo saludan llenos de gozo con hojas de palma -según la costumbre de ese tiempo-  poniendo  sus mantos en el camino por donde Él va pasando, y le gritan  hosannas, y lo llaman Hijo de David, y todo  es algarabía, expectación, esperanza.

Sabemos que pocos días después, nuevamente reunidos, gritarán otra cosa, que su corazón es voluble, cambiante, influenciable y  por eso el viernes actuará de un modo tan distinto;  pero hoy, es día de alabanza, de ilusión, de esperanza. ¡Han deseado tanto la llegada del Mesías salvador! Y en este momento son sinceros, en este momento sus gestos significan lo que hay en su corazón.

Qué bueno sería que nosotros en este Domingo de Ramos pudiésemos mirar dentro, muy dentro de nuestro corazón, para descubrir los muchos motivos que tenemos para cantar glorias y hosannas al Señor: la vida, la salud, la familia, su cercanía fiel en gozos y dolores; su presencia y compañía silenciosa cuando nos sentimos débiles, solos o abandonados; su misericordia infinita con nuestras debilidades y tropiezos; su espera paciente cunado nos hemos alejado, su abrazo cálido cuando regresamos; su consuelo, su amor incondicional; su amarnos hasta la cruz; el regalarnos la vida eterna en el amor del Padre. ¿Cómo no glorificarlo  si viene a Jerusalén para abrirnos las puertas del Amor eterno? ¿Cómo no agitar nuestras palmas, si gracias a su cruz sabemos que después de morir gozaremos por toda una eternidad de su luz y felicidad plenas?

Sin embargo, también es día de reconocer que tenemos  debilidades, que somos volubles, que no siempre las convicciones son tan claras, que, como los israelitas, un día alabamos y otro podemos ignorar, quejarnos, incluso criticar y reclamar… porque somos frágiles, porque, como la multitud,  nos dejamos llevar. Y la pasión de Jesús, es el signo doloroso de lo cambiante que es nuestro corazón.

Sí,  hoy es día de levantar nuestras palmas y cantar Hosanna al Hijo de David, porque llega para darnos una vida nueva, pero no olvidemos que  la ingratitud y cerrazón del corazón de cada uno de nosotros son el camino que va desde la entrada de Jerusalén al monte Calvario, donde ya no hay palmas ni hosannas sino una vida que se entrega por amor.

RAMOS

 

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