Entre las varias especies de clavelinas hay una que florece todas las estaciones del año, saca sus varitas rectas, produce sus tallos con una piña de botoncitos, y éstos, cuando revientan, forman un ramillete. Si bien no son tan grandes como otros de su especie, pero tienen el don de abrirse muchos a la vez en una misma piña: su olor es especial.

La magnanimidad es una virtud que nos da un corazón grande, infractible, capaz de emprender cuanto Dios le ordene. El decaimiento de ánimo, un abatimiento de fuerzas morales o la pusilanimidad, mata el alma. Si las empresas que Dios ordena traen consigo gastos de mucha consideración, en su ejecución necesitamos otra virtud compañera de la magnanimidad, y es la magnificencia.

Después que has prometido y resuelto y propuesto practicar la virtud, venida la ocasión, en tiempo de pruebas, de tentación y de contradicción, ¿cómo te portas? ¿Decae tu ánimo? ¿Te desalientas? ¿Desmayas y desfalleces? Tu corazón ¿se mantiene siempre abierto, siempre grande, invicto, firme, invulnerable? Medítalo bien, y guárdate de la pusilanimidad y del apocamiento espiritual: coge esta magnanimidad y al dar a María tu flor, dile:

Magnánima Judit:
Recibid la flor de hoy, es el clavel ramillete,
emblema de mi magnanimidad.
Yo os prometo, yo propongo guardar entero,
sincero nunca abatido, decaído ni pusilánime mi ánimo
en tiempo de prueba y de tentación.
Unid mi ánimo al vuestro, y será siempre magnánimo.
A vuestro cuidado y solicitud maternal fío mi clavelina.

Imprimir