Francisco Palau y Quer

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Nace Francisco Palau en Aitona (Lleida), el 29 de diciembre de 1811, en el seno de una humilde familia rural, de recia tradición cristiana. Es bautizado el mismo día de su nacimiento. Fue el séptimo de nueve hermanos. Creció en un clima familiar de “cristianos viejos de limpia sangre” y “adictos siempre a la defensa del altar y del trono”. Estas características, marcarán las tendencias ideológicas de Francisco Palau. En la primavera de 1810 las tropas francesas habían ocupado Lleida, arrasando con todo como en el resto del principado y la península. Son años duros los de la infancia de Francisco ya que los ejércitos de Napoleón habían dejado a su paso por la región hambre, miseria y caos. La inestabilidad política repercute directamente en el ámbito eclesial y religioso. De esta etapa no se conserva apenas documentación, sólo encontramos algunos datos de su ingreso en la escuela de Aytona para los estudios elementales y su posterior traslado a Lleida para completar los estudios y preparar el ingreso en el Seminario de esta ciudad.

La situación política en España era cada vez más tensa e insostenible. El 6 de junio de 1835 dimite un Martínez de la Rosa cansado y desgastado. En Cataluña la situaci����������������n de los liberales era tan desesperada que llegan a pensar en pedir ayuda a los franceses para combatir a los carlistas. En Zaragoza el 6 de julio se produce un moviento a favor de de la Constitución de 1812 que acabaría con el asalto de los conventos y la matanza de los frailes. Unos días más tarde el ejemplo es seguido en Reus y Barcelona. Estos sucesos eran previsibles y fueron el resultado del estado de agitación y descontento de las masas populares. Éstas eran las que soportaban el peso de la guerra contra los carlistas y estaban seguros de que gran parte de los frailes daban soporte activo a sus enemigos. Una mala corrida de toros en la plaza de la Barcelonesa fue el detonante para el material explosivo que constituía un sector amplio de las capas populares barcelonesas. Después de matar a golpes al último toro, lo arrastraron Rambla arriba, prendiendo fuego a los conventos que encontraban a su paso, entre ellos el de San José donde era conventual Francisco Palau. Las autoridades contemplaron impasibles las atrocidades de la irritada muchedumbre con la esperanza de que esta explosión de malestar popular fuese útil para acelerar la evolución política en un sentido avanzado. Unos días más tarde, el 5 de agosto, también es incendiada la Fábrica Vapor Bonaplata, la más innovadora, porque los obreros sublevados estaban convencidos que los telares movidos por máquinas disminu��an la producción del trabajo manual. Será más adelante cuando los trabajadores se organicen a través de sindicatos. El año 1837 marca el apogeo del Carlismo en Cataluña. La Junta Superior fue trasladada de Perpignan a Berga, ocupando el cargo de vicepresidente el arzobispo de Tarragona, Fernando de Echénove y Zaldívar. Berga quedó transformada en la capital de la zona carlista catalana. Allí fueron a refugiarse todos los perseguidos por el gobierno liberal, entre ellos Francisco Palau. Tenido por fraile peligroso por su influencia en el pueblo, le son retiradas las licencias para confesar y ejercer en general su ministerio. Al año siguiente, el 21 de mayo, le son devueltas las licencias debido a un cambio de gobernador eclesiástico. Los años 1838-1840 son de intensa actividad como predicador de misiones populares. Estas tenían el objetivo de la reconversión colectiva del pueblo cristiano a la vivencia radical de la fe. A esta labor se consagra Francisco con el entusiasmo acostumbrado. El joven sacerdote que no ha cumplido aún 30 años, recorre los caminos de Cataluña como misionero popular. El celo y la eficacia de su acción pastoral hacen que se le conceda el título de “Misionero apostólico”, primero para la di��cesis de Tarragona en enero de 1840; el 3 de febrero se le concede para Lérida, y el 15 del mismo mes para Barcelona, Gerona y Vic.

En su estancia en Francia se pueden distinguir tres periodos:la residencia en la diócesis de Perpignan (1840-1842) donde destacan sus andanzas������Perpignan y un retiro en la cueva de Galamus (Lesquerde); la residencia en la diócesis de Montauban (1842-1851), donde vive domiciliado en Caylus y escribe “La Lucha del alma con Dios”, se retira en la Grotte de la Saint-Croix (Parroquia de Saint Pierre de Livron) además del apostolado en la diócesis de Cahors, donde conoce a Juana Gratias. Las aspiraciones de Palau en estos años se dirigen hacia la vida contemplativa en la soledad, la dirección espiritual de los grupos de solitarios (hombres y mujeres) que se le unen y la defensa de la Iglesia a trav��s de sus escritos. El libro Lucha del Alma con Dios, estaba destinado a despertar la necesidad y fecundidad de la oración por la Iglesia perseguida. Finalmente el último periodo de los viajes a España y breve estancia en Aytona (1846-1847) donde los familiares hacen donación a Juan Palau y los suyos de la cueva que había frecuentado en sus primeros años de exclaustrado. Durante este periodo es acusado de conspirar contra el orden público. De vuelta a Francia regresa por Perpignan, Carcassonne, Toulouse y Montauban. Pero se enfrenta con una acogida hostil a su llegada a Caylus. Es expulsado del departamento de Caylus. Desde diciembre de 1847 reside en las soledades agrestes de Cantayrac, municipio de Loze, en una cabaña construida por ��l mismo. El Obispo Doney continua su persecución, incluso después de volver a España. En 1848 se adoptaba en Francia la República como forma de gobierno y Palau adquiere unos terrenos en Saint Paul de Fenouillet, cerca de Perpignan. Debe ser fuerte en estos tiempos ya que la situación se hace difícil a sus dirigidos, por la persecución del obispo a tal punto que se produce la supresión del grupo femenino por parte del Prelado. Sin esperarselo recibe el apoyo de la población de Loze. Escribe la Vida Solitaria en Cantayrac (1849). Tras la firma del Concordato Espa����a-Santa Sede en 1851 regresa a España. La vida claustral, a la que sueña reincorporarse, está totalmente suprimida. Se pone a disposición del Obispo de Barcelona, José Domingo Costa y Borrás, quien le acoge y le nombra director espiritual del Seminario.

Atento a las se������ales de Dios en la historia y a las necesidades de la Iglesia en poco tiempo programa y organiza la revolucionaria obra de la Escuela de la Virtud que se inaugura el 16 de noviembre de 1851. Esta Escuela se convierte en un modelo de enseñanza catequética. Comprende un ciclo de 52 lecciones impartidas cada domingo en la parroquia del San Agustín de Barcelona. Rodeado de colaboradores sacerdotes y laicos, intenta confrontar las verdades de la religión católica con las diversas filosofías reinantes en ese momento. El impacto de la obra en los medios culturales, religiosos, políticos y sociales se hace sentir muy pronto. Francisco Palau movilizó en torno a esta actividad pastoral a todas las fuerzas religiosas de la ciudad, incluida la prensa. La intensa actividad de la Escuela llega a preocupar a las fuerzas revolucionarias de la ciudad. Le implicaron injusta, pero hábilmente, en las huelgas y disturbios de marzo de 1854, consiguiendo suprimir la Escuela y ordenando el destierro de Francisco a Ibiza el 4 de abril de este mismo año.

Francisco Palau llega a Ibiza el 9 de abril de 1854 calumniado, perseguido y vigilado como persona insidiosa y perturbadora del orden público. Aunque le duele y protesta por la injusticia de que es objeto, no llegan a dominarle ni el   abatimiento ni el desaliento. Prueba de esto es el fino humor con que alude a la rápida����detención de que fue objeto sin juicio previo ni  oportunidad para ��defenderse. Escribe a D. Agustín Mañá: “No tuvimos tiempo para despedirnos…llegado a la casa del gobernador fui arrestado allí hasta la hora de partir. El Sr. Serra, comisario, me acompañó al barco… Me hubiera pasado sin tales honores…”. Sabe que su situación es la consecuencia lógica de su opción radical por vivir y predicar el evangelio. Así se lo expresa a Pablo Bagué y Gabriel Brunet desde su destierro en Ibiza, los primeros días de mayo de 1854: “Yo no ver�� en toda la vida sino persecuciones, pues mi espíritu escupe el mundo y para conservar mis comodidades yo no torceré nunca el camino. Si me quedo aquí en Europa los malos cristianos no me dejarán quieto ni en el desierto, ni en la ciudad; ni yo podré aguantar a ellos ni ellos me tolerarán a mí”. Lejos de desanimarse busca la forma de servir a la Iglesia en las nuevas circunstancias que le toca vivir. En la isla alterna la vida solitaria y la predicación popular por dicho lugar. Recompone una vez más la trama de su hilo vocacional: de la soledad contemplativa al servicio apostólico y viceversa. En el fondo, las coordenadas naturales de su vocación carmelitana. Poco a poco va a tener lugar un proceso de transformación religiosa en la Isla. Tiene como centro de irradiación a María, la Virgen carmelitana y Señora de las Virtudes, en la que Francisco ha descubierto el verdadero rostro de su amada la Iglesia. También se ocupará de la reorganización de los ermitaños de San Honorato de Randa en 1860. En todos esos lugares experimentará las vicisitudes de la Iglesia inmerso en su intenso ministerio sacerdotal que luego llevará a las Islas de Mallorca y Menorca.

Siempre en búsqueda, los últimos años de su vida, su servicio incondicional a la Iglesia se ve gratificado con la experiencia mística de ésta. Las experiencias eclesiales largos años remansadas afloran a su conciencia iluminándola en lo más profundo. Durante un ciclo de predicación en Ciudadela (Menorca), en noviembre de 1860, se le manifiesta la consoladora realidad del misterio de la Iglesia: “Dios y los prójimos”. Ve cómo su vocación está inserta en esa realidad, que se ofrece como ideal, como objeto supremo y definitivo de su amor. A la Iglesia entrega con decisi��n inquebrantable los años que le restan de vida, con una intensa actividad apostólica que abraza campos tan variados como Director espiritual, escritor, publicista, misionero agregado a la Congregación de Propaganda Fide (hoy Congregación para la Evangelización de los pueblos), director de una escuela de catequesis para adultos, fundador, creador y director de un periódico-semanario, exorcista… Figura polifacética que se condensa en una frase suya que es el motor de toda su vida: “Vivo y viviré por la Iglesia, vivo y moriré por ella”. Efectivamente todo lo vivió como ofrenda de amor a su Amada, la Iglesia; en un primer período de su vida, como respuesta en favor de la “causa de la Iglesia”, posteriormente, fruto de su experiencia mística, como consagración a la Iglesia, contemplada como “persona”, “Dios y los prójimos” en unidad. En esta experiencia eclesial, María es considerada y descrita “la figura más perfecta y acabada de la Iglesia, virgen y madre”, “espejo donde descubrirla”, “reina que envía a anunciar la belleza de la Iglesia”.

Recobrada la libertad de acción después de su exilio en Ibiza, se inicia para el Francisco Palau una nueva etapa en la que procede a la luz del progresivo esclarecimiento de su misión en la Iglesia. Definida y aclarada su misión a partir de su encuentro místico con la Iglesia en 1860 se dedica con todas sus fuerzas a esta tarea. Elige para realizarla las grandes ciudades, porque las considera focos decisivos del bien y del mal. Una actividad que le era bien conocida al Francisco Palau desde los primeros años de exclaustrado, ocup���� ahora lo mejor de su tiempo y energías a requerimiento de los prelados de las diócesis de Ibiza y de Barcelona. La actividad más comprometida de su misión en esta época es la asistencia espiritual y material de los marginados de la sociedad. Acudían a las residencia ���ElsPenitens��������� como único refugio posible en sus desgracias.

Sin duda su fuerte naturaleza y su complexión física hicieron posible la vida ascética que llevó. No obstante las privaciones voluntarias unas veces y obligadas otras, fueron haciendo mella en su cuerpo robusto. A partir de su confinamiento en Ibiza, su salud se va resquebrajando, lo muestran la documentación que tenemos y su propia correspondencia. Va detectando achaques y trastornos físicos y molestias con relativa frecuencia. A partir de 1866 en la época de las grandes campa��as misionales, su salud se resiente, reaparece la enfermedad y la fatiga se apodera del misionero pero a pesar de todo en los últimos años respondió con fuerza y entusiasmo en su empeño en la lucha contra el mal, a la predicación y en la obra fundacional. Los últimos años de su vida los paso en continuos viajes. Sus cartas son cortas normativas: si contienen noticias responden a la organización de las casas y cambios de los distintos miembros. El mismo se reconoce cansado. A los 56 años tocaba el extremo de sus fuerzas: “Yo soy ya de la edad de 56 años y mi vida ha sido una cadena de penas, en mi juventudhe entregado el cuerpo a horribles privaciones y mis carnes molidas con las penalidades de mi Misión, ya no tienen el vigor de un joven. Si me cuidó tendréis Padre unos años más: el amor a vosotroses el que arranca de mi alma un grito al cielo un poco más de vida para dejaros en orden”(Cta117,4). La correspondencia revela una gran actividad a la vez de cuando en cuando habla de una enfermedad que no especifica nunca pero que le va minando (Cf. Cta 127). En plena tarea fundacional, los viajes se multiplican. La fiebre reaparece, no es difícil entrever el sacrificio que para él suponía. En tal situación viajar en ferrocarriles y tartanas o a pie, como en algunos pueblos entre LLeida y Aragón. Desde finales del 70 y a lo largo del 71 se resintió mucho. Tal vez no fueron ajenos a esta crisis los meses de encarcelamiento en Barcelona en pleno foco de infección y los sufrimientos ocasionados por tan prolongada causa de los tribunales a causa de la misión del exorcistado. Cumplida su misión en Calasanz el P volvió a Barcelona y tras breve estancia en la ciudad condal el 10 de marzo, viajó en dirección a Tarragona en donde había establecido la última de sus fundaciones. El mismo día de su llegada se vio aquejado por una enfermedad que degeneró en pulmonía, fue agravándose y murió el 20 de marzo de 1872 acompañado por sus hijas y dos sacerdotes exclaustrados, invocando la presencia de su “Amada la Iglesia”. Se le escapó un lamento: El Señor me ha cambiado mi suerte, había anhelado vivamente el martirio, se había ofrecido a Dios como víctima, como inmolación por los pecados y las persecuciones contra la iglesia. Pero Dios le había preparado una muerte natural pero después de una vida gastada y entregada, poco a poco, en el servicio de su Amada la Iglesia. Caminos de fe, rutas de la providencia que marca el camino y nos ayudan a llegar al momento final.


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