En la fiesta de la Ascensión se celebra el glorioso día en que Jesucristo, a vista de sus discípulos, subió por su propia virtud al cielo, cuarenta días después de su Resurrección.
Hoy la Liturgia de la Iglesia nos invita a llenarnos de gozo por este misterio, ya por la gloria que de él resulta a Jesucristo, ya por la que del mismo se deriva a nosotros.
Al subir al Cielo, Jesucristo toma posesión del reino eterno que conquistó con su muerte.
Gloria con que sube a los cielos por su propio poder. Rodeado por sus discípulos y habiéndoles dado su última bendición, nuestro Redentor se elevó sin necesidad de auxilio, porque el que todo lo hizo podía elevarse sobre todo por su propia virtud.
Gloria con que entra en el cielo, acompañado de las almas de los antiguos Padres que había sacado del limbo.
Gloria con que reina: la Ascensión de Jesús es la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina, en el cielo donde Él se sienta para siempre a la derecha de Dios.

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